Juegos que fortalecen la vida, la juventud indígena se encuentra en Munchique Los Tigres

En el Norte del Cauca los Pueblos Indígenas se reunieron en el marco de los Cuartos Juegos Ancestrales “Por la juventud, la vida, la alegría y la paz del territorio”. Un encuentro del deporte es espacio de formación, pedagogía y reafirmación cultural.

El inicio de la Minga

El sol nuevamente se asoma en el territorio de Munchique los Tigres y ya se escuchan voces que llaman al encuentro; comuneros, jóvenes, niños y mayores llegan desde distintos Pueblos del Cauca y de otros rincones del País; traen consigo mochilas cargadas de comida, instrumentos musicales y la energía de la palabra que acompaña cada paso, aquí se inauguraron los Cuartos Juegos Ancestrales, un evento que desde el inicio anuncia que no se trata de una simple competencia deportiva, sino de un ejercicio de unidad, territorio y autonomía.

La convocatoria responde a una decisión política y pedagógica, ofrecer a la niñez y juventud Indígena un espacio para descubrir sus capacidades físicas y espirituales, fortalecer la identidad y sembrar herramientas de vida, durante cinco días, los Pueblos se reúnen bajo un mismo lema: Por la juventud, la vida, la alegría y la paz del territorio.

Palabras de los mayores

En medio de las competencias, los mayores toman la palabra, sus intervenciones no son discursos formales, sino consejos cargados de espiritualidad para los jovenes que estan participando en las diferentes disciplinas.

Un mayor Nasa afirma:

“Estos juegos son para que nuestras semillas, los niños y jóvenes, caminen con fuerza, que cada habilidad que muestran sea guía para cumplir sus sueños y planes de vida, que los seres espirituales nos cuiden, nos orienten y nos protejan en este camino”.

La autoridad de Munchique del Norte del Cauca, junto con la Consejería Regional y la coordinación del PEBI, recalcan la importancia de garantizar alimentación, hospedaje y seguridad. “Los pequeños son semillas de vida dicen y debemos cuidarlos con responsabilidad para que este encuentro sea un espacio de alegría y aprendizaje”.

Desde Risaralda llega una delegación de 40 jóvenes, acompañada de su mayor tradicional, quien señaló:

“Hoy nos sentimos agradecidos de compartir. Estos juegos fortalecen la cultura de todos los pueblos indígenas de Colombia. No damos cabida a lo malo; fortalecemos lo bueno que nos transmiten nuestros mayores”.

Voces de la juventud y las comunidades invitadas.

El ambiente es de entusiasmo, los jóvenes corren, juegan, se pintan el rostro y ensayan danzas, para muchos, es la primera vez que participan en un evento de esta magnitud, la mezcla de nerviosismo y orgullo se refleja en sus miradas.

Semillas de vida de diferentes categorías de distintos departamentos coinciden en que los Juegos Ancestrales son una escuela en movimiento. “Aquí aprendemos más que deporte dice una joven participante; aprendemos a valorar nuestro territorio y a sentirnos orgullosos de ser indígenas”.

La presencia de delegaciones de pueblos Aarahuacos, Awá y otros invitados Nacionales confirma que este evento empieza a trascender lo regional, poco a poco se convierte en un referente Nacional de pedagogía Indígena.

Contexto histórico y político.

Los Juegos Ancestrales nacen de un mandato organizativo del Consejo Regional Indígena del Cauca y se articulan con el Programa de Educación Bilingüe Intercultural, su objetivo no es solo recreativo buscan consolidar un Sistema de Educación Propia que articule deporte, cultura y la espiritualidad, en un territorio golpeado por el conflicto armado y las desarmonías, los Juegos son también una respuesta política, frente a la violencia, los pueblos apuestan por la vida; frente a la imposición cultural, reafirman la identidad; frente al olvido del Estado, fortalecen la autonomía.

Aldemar Bolaños, componente político del PEBI-CRIC.

¿Cuál es el balance de estos Juegos Ancestrales? El balance es positivo, en primer lugar, hubo una convocatoria amplia y una participación significativa, este es un espacio de formación de nuestras semillas, donde a través del deporte y la integración se desarrollan habilidades y dones que sirven para la vida y para el proceso educativo propio.

¿Cómo se articulan los Juegos con el sistema de Educación Propia? Este espacio hace parte del mandato de nuestras autoridades, desde el inicio del PEBI hemos insistido en que la educación no es solo en el aula, sino también en la práctica comunitaria, los Juegos son un escenario estratégico que aporta a la pedagogía, a la política y al fortalecimiento territorial.

¿Qué proyecciones tienen hacia el futuro? La idea es que los Juegos se sigan realizando de manera continua, primero en el ámbito regional y luego en cada territorio, ya hay experiencias en algunas Zonas y Pueblos; lo importante es que se potencie desde la pedagogía y se articule con otros tejidos de formación, además, cada vez más Pueblos y Organizaciones de nivel Nacional muestran interés en participar, lo que indica que se está caminando hacia la nacionalización de esta experiencia.

En medio de la realización de los Juegos las Autoridades Indígenas ratifican su compromiso de continuar con estas iniciativas, el llamado es a que cada zona organice sus propios encuentros, fortaleciendo así el Sistema Educativo Indígena y multiplicando la experiencia.

Los próximos pasos incluyen la evaluación de esta versión y la planificación de la siguiente, con la expectativa de ampliar la participación a más comunidades y, eventualmente, a pueblos no indígenas interesados en aprender desde la interculturalidad.

La voz final es colectiva, se escucha como un eco que viaja entre las montañas y que reafirma el camino trazado hace más de cincuenta años por el CRIC:

“Los Juegos Ancestrales no son un deporte cualquiera, son un mandato de vida, un camino para que nuestras semillas crezcan con identidad, alegría y fuerza, aquí reafirmamos que la paz se construye desde la juventud, que la unidad se fortalece con el juego y que la Autonomía se defiende con el cuerpo, la palabra y el pensamiento, seguiremos caminando en Minga, porque en cada arco, en cada trompo y en cada danza late la resistencia de nuestros pueblos”.

No hay medallas de oro ni récords oficiales, pero sí un triunfo colectivo: la vida misma, sembrada en cada Semilla de vida de los jovenes que regresan a su territorio con el corazón más fuerte y la convicción de que jugar también es resistir.

Por programa de comunicaciones CRIC y la Red AMCIC.

Puyaksa U’y: Mujeres guerreras, lideresas de cuerpo y espíritu

Por Karina Gugú Hurtado.
Comunicadora indígena CRIC Pueblo Nasa de Tierradentro Cauca

En las escarpadas montañas del departamento del Cauca, día a día, por encima de las condiciones climáticas, la situación de orden público y la pandemia se levantan las mujeres cuidadoras del territorio a seguir regando la semilla de la digna lucha histórica por la equidad, la justicia y la protección de la vida. La mujer guardia indígena es símbolo de resistencia, valentía y amor.

Bebiendo un sorbo de café caliente en su casa, Zuli recuerda sus inicios en la guardia indígena, un camino que comenzó desde los doce años orientado por sus tías y que hasta ahora sigue ejerciendo con todo el amor y la convicción de defender el territorio. Como mujer guardia de su resguardo, ha estado presente en diferentes espacios, ha librado grandes batallas y se ha convertido en un referente en su comunidad para continuar luchando.

Zuli es una Puyaksa U’y, una mujer guardia, una luchadora incansable, una guerrera de tez trigueña, cabello y ojos negros y estatura alta; en su piel lleva marcada la historia de varios acontecimientos ocurridos mientras desempeñaba su valiente labor; es madre de un niño de once años, tía de dos hermosas niñas, hermana, hija y amiga. A la temprana edad de doce años empezó a caminar el proceso de lucha en su resguardo, cuando ‒cuenta‒ todo era más difícil y debían caminar horas y horas para llegar a una reunión, a una concentración, a una minga.

‒K diecisiete, K diecisiete, ¿me copia?

Mientras Zuly responde a sus compañeros por el radio, sus sobrinas, su hijo y su hermana observan atentamente sus movimientos, saben que en cualquier momento tendrá que salir a acompañar a los demás guardias a solucionar algún problema con su bastón, su chaleco y la pañoleta del CRIC que guarda con tanto cuidado. Ellos la admiran, pues han sido testigos de la entrega de su familiar con el movimiento indígena por muchísimo tiempo, aunque no están totalmente de acuerdo con su labor.

‒Tía, ¿ese es su celular? ¿Tan grande? ‒pregunta con curiosidad y ternura su sobrina más pequeña, señalando el radio.

Todos ríen y ella responde “sí”, acariciando su cabello mientras continúa hablando por el radio con sus compañeros guardias sobre un hecho ocurrido en uno de los puntos de control del resguardo.

Son innumerables los acontecimientos, los obstáculos y los problemas a los que se ha enfrentado para poder cumplir con su papel de guardia, madre, cabildante (persona elegida por la asamblea para desempeñar una labor específica dentro del cabildo). Uno de los hechos que Zuli más recuerda ‒cuenta mientras el radioteléfono sigue sonando al fondo‒ fue una vez que despertó en la oscuridad de las cinco de la mañana en medio de una balacera. Estaban en un ritual de armonización, había llovido mucho toda la noche y prendieron un fogón grande, se quedaron dormidos ante el frío y varios tiros hicieron que todos corrieran buscando refugio. Ante ese temor, en medio de las ramas y barrancos, ella salió corriendo, se golpeó en diferentes partes del cuerpo hasta que por fin encontró un lugar seguro y tuvo que permanecer allí varias horas mientras la situación se calmaba, pues se encontraban en desventaja ante esos actores armados.  

En el resguardo indígena de Kweta’d, en Tierradentro, como en muchas otras zonas del departamento, históricamente ha existido una disputa territorial entre indígenas y campesinos de las cuales se han derivado múltiples hechos desafortunados que han afectado la armonía de las dos comunidades. Con relación a esa disputa, Zuli comenta:

“Es determinante el papel de la mujer guardia o autoridad, pues en apresurados momentos se pueden llegar a tomar malas decisiones, pero somos las mujeres quienes sentamos una posición con firmeza en aras de evaluar y optar por un camino que conlleve a un beneficio común, pues son temas de trato delicado… A veces los hombres se las quieren dar de muy fuertes, pero ahí entramos a mediar nosotras, cuando nos parece que algo está mal les decimos y orientamos cómo creemos que se debe hacer.”

Nuevamente llaman al radio, poco a poco el café se enfría y esta vez parece que un comunero, que hacía pocos días había ingresado al resguardo, no estaba respetando la cuarentena y andaba por la vereda haciendo contacto con otras personas, lo cual significa un riesgo inminente que echaría a perder una larga batalla de cuidado frente a la pandemia que comenzó hace meses.

Allí estaba instalado uno de los 384 puntos de control del Cauca, los cuales buscaban regular la entrada y salida de personas con las medidas de bioseguridad adecuadas para proteger a la comunidad de la tan conocida pandemia, y para lo cual adoptaron turnos, adecuaron un rancho y se las ingeniaron con elementos propios de la región para realizar la desinfección a las personas y los vehículos que ingresan a la vereda. En estos puntos, se turnaban entre hombres, mujeres, niños y jóvenes para vigilar en horarios específicos. Los comuneros de la vereda estuvieron siempre prestos a colaborar y han sido las mujeres quienes con entrega y disciplina han contribuido a la organización y el estricto funcionamiento de los puntos de control.

Zuli piensa, entonces, en su hijo. Quiere que él siga su camino y se vincule a los procesos comunitarios, que recorra el territorio y se apropie de los elementos de su cultura, pues en su familia ha estado presente siempre el espíritu de la resistencia abanderado principalmente por las mujeres; de hecho, fueron sus tías quienes en su tiempo la llevaron a las grandes mingas en La María, Piendamó.

“En ese tiempo dormíamos donde nos tocara, comíamos lo que nos dieran; así aprendí a caminar en esos territorios y para mí ‒recuerda con nostalgia‒ ha sido un proceso muy bonito, y desde esa edad tengo la convicción clara”, comenta mientras observa el humo que sale de la taza de café y escucha el radio que no deja de sonar.

Fueron esos hechos y vivencias lo que reafirmaron en Zuli la fuerza, y que terminaron por sembrar el amor por la lucha de la defensa de los pueblos indígenas en el Cauca. En el andar de sus tiempos adquirió experiencia y el camino que hasta ahora lleva es digno de ser admirado, pues son pocas las mujeres que en esta zona dedican su vida a los procesos comunitarios tan de lleno. Su lucha también ha sido contra los prejuicios sociales, pues muchas personas no ven con buenos ojos el hecho de que una mujer porte un bastón de guardia y que trabaje junto a otros hombres de la misma manera. En su resguardo existen al menos otras 25 mujeres en esta labor, pues éste es un proceso que aún está gestándose y con el apoyo de algunas autoridades se ha podido continuar; sin embargo, según Zuli, hace falta todavía dar la batalla por sembrar en las conciencias de las personas para dejar de lado el machismo y las críticas negativas hacia las mujeres que deciden emprender ese camino.

De las diez personas que manejan la comunicación por radio teléfono dentro del resguardo Zuli es la única mujer, y junto a Edwin, Ary, Reinaldo, Misael, Ernesto, Bernardo, Miguel, Jacinto y Gerardo trabajan por mantener la armonía del resguardo y atender los hechos que pretendan desequilibrarla.

“Siempre seré de mi organización, a mi organización la quiero mucho”, expresa con orgullo, y una enorme sonrisa ilumina su rostro, mientras casi termina la bebida.

Llaman al radio de nuevo, mientras revisa su celular y encuentra una publicación sobre un feminicidio cometido recientemente. Su rostro refleja la impotencia, la rabia y el dolor de muchas mujeres ante hechos que apagan la vida de una compañera, amiga y hermana, como ella, como muchas que incansablemente dan la pelea: mujeres trabajadoras, guerreras, líderes, de alma y espíritu transformador dentro de sus comunidades.

“Somos dadoras de vida, cuidadoras del territorio, cuidamos de la familia, de los niños, de los mayores… Ninguna mujer es merecedora de semejante hecho, debemos denunciar”, dice Zuli.

Aún la tristeza está en sus ojos. La noche se asoma, las personas de la vereda regresan de su ardua labor de agricultura, los niños regresan de jugar en la cancha, el sol lanza sus últimos rayos sobre las plantas que Zuli y su hermana cultivan en el tul: coca, tabaco, tomillo, orégano, cilantro… Y mientras ella bebe el último sorbo del café, ya frío, escucha un nuevo llamado al punto de control: deben atender una situación de emergencia. Rápidamente se despide de sus familiares, se cuelga el bastón, acomoda su radio en el bolsillo del chaleco, enciende su moto negra y emprende camino nuevamente por la carretera, se pierde en las curvas camino a enfrentar una situación.

Para Zuli, ser mujer, guardia y madre es el mayor de sus orgullos. Desea continuar su lucha hasta el final y empoderar a las mujeres indígenas para defender sus derechos, enraizadas con el territorio y volando alto siguiendo sus sueños.