En el municipio de Totoró, al oriente del Cauca, se realizó el taller una mirada crítica al patrimonio audiovisual indígena orientado a reflexionar sobre el valor de la imagen, la palabra y la memoria en los territorios indígenas. El encuentro fue guiado por Yuli Guanga, directora y dinamizadora con experiencia en procesos de comunicación comunitaria y audiovisual en pueblos originarios, particularmente en el contexto de la serie audiovisual Autonomías Territoriales.

El taller reunió a diversas voces desde las experiencias audiovisuales tanto colectivos como independientes, hasta comunicadores indígenas en ejercicio, con el objetivo de dialogar sobre el rol de los archivos, los relatos visuales y la construcción de memoria desde los territorios. En articulación con la Red AMCIC (Asociación de Medios de Comunicación Indígenas de Colombia), el espacio buscó abrir un pensamiento crítico en torno a cómo se narran las realidades indígenas, desde qué lugar se hace y para quiénes.

Durante la jornada, una de las preocupaciones en la reflexión fue la pérdida de la oralidad, la desconexión del territorio y la necesidad de resguardar los registros audiovisuales como parte esencial del patrimonio vivo de los pueblos indígenas.

Para los pueblos indígenas como los Nasas, la oralidad ha sido históricamente el principal vehículo de transmisión de saberes, leyes de origen y procesos políticos. No se trata solo de contar historias, se trata de hablar en comunidad, alrededor del fuego, es una forma de mantener viva la memoria, de conectar generaciones y de cuidar el territorio. Sin embargo, el desplazamiento forzado y el conflicto armado han interrumpido esa continuidad.

Durante el taller, se señaló que “sin territorio ya no se cuentan las mismas historias”, cuando la comunidad es arrancada de su entorno, se pierde la posibilidad de señalar el pedazo de tierra donde ocurrió un hecho, el árbol bajo el cual se reunió la asamblea o la casa de la partera que sabía curar. La palabra, entonces, se debilita, pierde sus referentes físicos, espirituales y de liderazgo. “Ya no hay testigos que confirmen, ni quien pueda replicar en las noches”, se escuchó en la tulpa.

Eliana Guetio, una de las participantes, recordó cómo las historias que le contaban sus abuelos estaban ancladas a lugares concretos, a personas vivas, a casas con nombre propio. “Cuando se abandona el territorio, se abandona también esa forma de narrar”, dijo. Esa desconexión física es también una ruptura simbólica: al separarse del territorio, se interrumpe el flujo de la memoria colectiva.

No se trata únicamente de una pérdida cultural, hay una afectación profunda al tejido comunitario. La oralidad, al estar tan ligada al entorno, al territorio que nos pertenece, no puede sostenerse si se fragmenta la relación con la tierra. En ese sentido, el archivo audiovisual cuando se produce desde adentro y con criterios comunitarios puede convertirse en una herramienta para resistir el olvido.

Por eso, en las discusiones del taller, no se hablaba solo de “guardar” archivos, sino de alimentarlos, cuidarlos, devolverlos al territorio. La memoria no es un objeto que se conserva en una estantería: es un proceso vivo que se cuida colectivamente, como se cuida una chagra o una semilla. En palabras de un participante, “la desterritorialización nos ha mutilado la narrativa”.

Uno de los debates más profundos que surgió en el taller tuvo que ver con el concepto mismo de “patrimonio”. La discusión partió del borrador inicial de la Política Pública de Gestión del Patrimonio Audiovisual de los Pueblos Indígenas, un documento en construcción que, si bien representa una oportunidad, también plantea múltiples alertas desde los territorios. La inquietud central fue clara: ¿para quién es esa política?, ¿responde realmente a nuestras necesidades o es un discurso más desde afuera?

En la conversación se cuestionó la distancia entre el concepto de patrimonio que manejan las instituciones ligado a leyes, derechos individuales, economías creativas y lógicas de archivo occidental y la forma en que los pueblos indígenas conciben la memoria como un tejido colectivo, vivo, espiritual y profundamente territorial. “El problema es que están convirtiendo los saberes en industria”, se manifestó.

Además, se mencionaron casos concretos en los que obras audiovisuales realizadas en los territorios por externos como Martha Rodríguez han sido almacenadas fuera del alcance de las comunidades, alimentando imaginarios exotizantes. El concepto de repatriación apareció con fuerza: ¿cómo devolver esas imágenes a quienes pertenecen? ¿Cómo evitar que los archivos terminen en manos privadas o museos que los muestran sin permiso?

La experiencia de comunidades como los Misak o los pueblos del CRIC muestra que sí existen procesos de resguardo, a veces llamados casas de memoria, archivos históricos o centros de documentación. Allí no solo se conservan documentos, grabaciones y fotografías, sino que se teje una visión propia sobre ¿qué es? y ¿cómo se cuida el patrimonio? Sin embargo, estos espacios enfrentan desafíos técnicos, políticos y sobre todo económicos, desde la falta de sistematización hasta la presión externa para compartir sus fondos sin claridad sobre su uso.

Uno de los llamados más fuertes fue el de entender que el cuidado de la memoria no puede depender solo de convocatorias institucionales. Se habló del peligro de los términos jurídicos, como las producciones “por encargo” del Ministerio, donde los derechos terminan en manos del Estado. Y también se denunció cómo los marcos legales actuales no reconocen los derechos colectivos: si un colectivo quiere registrar una obra, debe hacerlo a nombre de una sola persona, lo que rompe con la noción comunitaria del conocimiento.

En este contexto, la comunicación indígena no puede pensarse solo como un ejercicio técnico o creativo, sino como un espacio político de defensa del saber y el territorio, como se expresó “la expropiación no solo es física, también es simbólica. Se quieren quedar con lo que queda de nuestra sabiduría”.

Las voces recogidas durante el encuentro en Totoró dejaron ver una preocupación compartida por el riesgo de que el patrimonio audiovisual de los pueblos indígenas se convierta en un instrumento de despojo cultural disfrazado de política pública. A pesar de que el documento en discusión propone una “Política de Gestión del Patrimonio Audiovisual de los Pueblos Indígenas”, muchas y muchos participantes cuestionaron su orientación, lenguaje y enfoque.

Una dinamizadora de la comunidad expresó, “no puede ser otro documento bonito para mostrar afuera; debe responder a nuestras realidades y necesidades”. Este llamado reveló una tensión central, en la distancia entre los marcos institucionales y las formas propias de entender, cuidar y compartir la memoria en los territorios.

Así mismo se, se compartió una inquietud colectiva sobre el acceso y manejo de los centros de documentación, ¿qué se difunde, ¿qué se protege? ¿a quién se entrega la información? Y ¿Cuáles son los criterios? Surgió la necesidad de ejercer una malicia indígena digital para cuidar los archivos que contienen décadas de lucha, organización y sabiduría.

El paso por Totoró dejó más que ideas, dejó preguntas urgentes, desafíos colectivos y certezas tejidas desde la palabra compartida. Este espacio, más allá de ser un taller, fue una oportunidad para desmontar nociones impuestas sobre el patrimonio y la memoria, y para reafirmar que los pueblos indígenas no son objetos de archivo, sino sujetos que narran, resguardan y transforman sus historias desde sus propias formas.

El patrimonio audiovisual indígena no puede reducirse a un conjunto de documentos almacenados ni a una política redactada sin consulta. Su esencia está en la vida misma: en las voces de los mayores, en los procesos comunitarios, en la imagen que camina el territorio. No se trata de guardar por guardar, sino de proteger lo que da sentido a la existencia colectiva, desde una mirada que articula espiritualidad, oralidad, territorio y lucha.

El aprendizaje crítico que queda es que debemos leer con atención cada política, cada convocatoria, cada palabra, porque el riesgo de que los saberes se conviertan en mercancía es real. Pero también queda la convicción de que existen formas organizativas, archivos vivos y redes de cuidado que resisten a la lógica extractiva.

En medio de estas tensiones, Autonomías Territoriales se reafirma como un espacio de comunicación con sentid, un puente entre generaciones, entre territorios, entre luchas pasadas y futuras. La esperanza está en que cada cámara, cada grabación, cada historia contada desde adentro, siga nutriendo una memoria viva que no se deja encerrar.

Porque, como se dijo en el taller, «la expropiación ya no es solo del territorio físico, también es del pensamiento, de la imagen, del relato.» Y ahí es donde el ejercicio de comunicar deja de ser solo técnica y se vuelve defensa, dignidad y creación de futuro.

El taller dinamizado por Yuli Guanga abrió un camino necesario hacia la soberanía narrativa, pues permitió sembrar reflexiones vivas sobre el cuidado de la memoria y dejó, entre las voces participantes, una semilla de esperanza para seguir contando nuestras historias desde adentro y con dignidad.

Plantilla infografía-12

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