Llegamos al III Festival de Video Indígena CRIC con el cuerpo todavía cansado del camino y la cabeza llena de voces. Era temprano, pero ya se sentía el murmullo de los saludos, de los pasos apurados, del sonido probándose una y otra vez, de las cámaras que se encendían como si también estuvieran despertando. Afuera, el sol caía lento sobre el auditorio y, adentro, en ese espacio compartido, la palabra empezaba a acomodarse, no como discurso sino como encuentro.

Veníamos de caminar el Congreso del CRIC, de escuchar mandatos, tensiones, silencios largos, discusiones fuertes y abrazos necesarios. Veníamos también de pasar por las emisoras indígenas, de sentarnos frente a micrófonos gastados, de saludar a mayores que aún recuerdan cuando la radio era apenas un sueño armado con cables prestados y voluntad comunitaria.

Recordábamos lo que decía Manuel Sánchez cuando hablaba de la radio como escuela, no como aparato. Él, junto a Fernando Conejo (QEPD) y otros compañeros, impulsó en 1994 la creación de la emisora Honda del Río Cofre y luego Radio Libertad, en el territorio Totoroez. El 18 de octubre de ese año quedó marcado como una fecha que no se celebra con discursos, sino con memoria viva. No fue fácil, nada lo ha sido, pero ahí empezó algo que no se detuvo.

La radio llegó al territorio cuando todavía se estaban acomodando las cosas que trajo la Constitución de 1991: los resguardos, los derechos reconocidos en el papel, las nuevas preguntas sobre cómo gobernarnos sin dejar de ser lo que somos. En ese tiempo, la comunicación no se pensaba como sector; era parte del proceso organizativo. Por eso muchos de quienes pasaron por la emisora luego fueron autoridades, gobernadores, alcaldes. No porque la radio dé poder, sino porque enseña a escuchar, a hablar con cuidado, a entender el pulso de la comunidad.

En las visitas a las emisoras, entre cables viejos y consolas que han visto pasar generaciones, escuchamos historias que no siempre salen al aire. Ciro Bustos Rivera, comunicador empírico del pueblo Totoroez, nos hablaba sin rodeos. Decía que nadie regaló nada, que tocaron puertas que no se abrían, que cuando llegaron las licencias también llegaron las deudas: el espectro electromagnético, SAICO, ACIMPRO, palabras que no nacieron en la comunidad, pero que hoy pesan sobre ella. Nos contaba cómo pasaron de AM a FM, cómo la experiencia ayudó, pero también cómo la falta de lectura de la letra pequeña los llevó a problemas grandes y, aun así, siguieron.

Ciro decía algo que se nos quedó en la mente: “no tenemos plata, pero tenemos una inmensidad de amigos que nos escuchan y no conocemos”. Esa es otra forma de medir la riqueza. Cuando alguien llama a la emisora para avisar de un enfermo, de un riesgo, de una amenaza, la radio se vuelve cuidado comunitario. No es negocio, no debería serlo, pero el sistema insiste en convertir todo en mercancía, incluso la palabra.

Ahí, en esas cabinas pequeñas, se siente el desgaste. La palabra también se cansa. Los comunicadores trabajan sin contrato, a voluntad, cubriendo “en caliente” los momentos difíciles: los conflictos armados, los bloqueos, las amenazas. Saben que el riesgo es alto. Lo decía Abner Mauricio Bisus, desde la experiencia de la Guardia Indígena en Cxab Wala (Vitoncó, Tierradentro): el riesgo del comunicador no es menor al de la guardia o al de la autoridad. Comunicar en medio del conflicto armado no es romanticismo; es estrategia, es cuidado, es caminar juntos. Nadie se protege solo.

Y, aun así, seguimos preguntándonos cómo hacer: cómo contar sin exponernos de más, cómo denunciar sin poner en peligro a la comunidad, cómo no callar cuando el silencio también mata. No hay respuestas cerradas, solo acuerdos que se revisan todo el tiempo.

En el Congreso del CRIC, entre julio y agosto de 2025, esas preguntas volvieron a aparecer. No siempre de frente; a veces en los pasillos, en los almuerzos compartidos, en las miradas que se cruzan cuando alguien toma el micrófono. La comunicación apareció como mandato, pero también como reclamo. ¿Dónde están las autoridades cuando los comunicadores están en riesgo? ¿Quién orienta políticamente la palabra que circula? ¿Quién cuida a quienes cuidan?

Recordamos lo que decía Yamilk Sánchez sobre los inicios del Programa de Comunicaciones del CRIC, cuando, con el apoyo de personas no indígenas como Jorge Caballero (QEPD) e indígenas como el mayor Antonio Palechor (QEPD) y el actual docente Manuel Sánchez, se empezó a denunciar lo que pasaba en el Cauca. Folletos, grabaciones, programas radiales en la antigua Emisora 1.040, con el programa radiorevista bilingüe del CRIC. Nada de eso fue improvisado, aunque así parezca ahora. Fue una necesidad y una urgencia.

En los años noventa, con proyectos como Luces de mañana, la comunicación se volvió transversal. No era un área aparte; era parte del plan de vida, aunque todavía no se usara esa palabra con tanta claridad. En 1998, en Silvia, se fundó la Asociación de Medios de Comunicación Indígena de Colombia, la Red AMCIC, con compañeros como Jeremías Tunubala, Daniel Piñacué y Fernando Conejo. No se pensó solo para el Cauca; se pensó con mirada nacional. Tal vez por eso hemos resistido. Después vinieron los encuentros continentales, los foros en Abya Yala, las cumbres en Bolivia, Perú y México. Vinieron también las redes digitales: la página web del CRIC en 2008, las redes sociales que hoy alcanzan a miles de personas. 

Pero la historia no cabe en un archivo. No se puede ordenar solo por fechas. Hay tensiones que no se resuelven. En 2017 se protocolizó la Política Pública de Comunicaciones para los Pueblos Indígenas de Colombia. Y, aun así, seguimos exigiendo, ajustando, caminando. En 2024 y 2025 se retomaron rutas metodológicas, procesos de formación, premingas del arte indígena, círculos de palabra donde la música, la danza, la comida y la oralidad vuelven a ser centro y no adorno.

Volviendo al festival, al final de uno de los paneles, alguien dijo que la comunicación es como la guardia: no se hace por aplausos, se hace porque toca, porque si no, algo se rompe. Albeiro Bisus insistía en la necesidad de que las autoridades acompañen de verdad, no solo con palabras bonitas; que orienten, que cuiden, que asuman la comunicación como parte del control territorial, de la defensa de la vida, de la construcción de paz.

También se habló de formación. No solo técnica: formación espiritual, política, narrativa. Que los jóvenes aprendan a contar su historia sin que otros la editen desde afuera. Que la guardia pueda verse y mostrarse desde su propio sentir. Que la pantalla chica y la grande no deformen lo que somos. 

Es momento de reflexionar que cuando se apaga el micrófono y se desmonta el escenario, queda el territorio, queda el camino de regreso, queda la sensación de que no todo se dijo, de que hay palabras que todavía no encuentran su forma. Queda el cansancio, sí, pero también la terquedad de seguir.

Finalmente, sentimos que mientras se proyectaron los videos, no estábamos mirando solo la pantalla: mirábamos a quienes estaban sentados al lado, a quienes se reconocían en una imagen, en una voz, en un paisaje. Algunos reían bajito, otros bajaban la mirada. Pensábamos en todo lo que había costado llegar hasta ahí; pensábamos en quienes ya no estaban. 

Ese primer día del festival alguien dijo, casi al pasar, que hacer video no es solo grabar, que también es aprender a escuchar con los ojos. Nos quedó resonando esa frase, porque en los territorios, antes de cualquier cámara, hubo siempre una escucha larga y paciente. Nuestros mayores nos enseñaron que no todo se dice de una vez, que hay palabras que se cuidan, que se dicen despacio, que se sueltan solo cuando el otro está listo. 

Mientras vimos los documentales, aparecieron escenas conocidas: la minga, la guardia caminando, la cocina encendida, el fogón rodeado de historias. No eran imágenes para convencer a nadie de nada; eran, más bien, formas de decir: aquí estamos, así vivimos, así resistimos. 

Tal vez de eso se trata: de no dejar que la palabra se quede quieta, de seguir caminando con ella, aunque a veces no sepamos bien hacia dónde; de aceptar que hay preguntas que no se responden, imágenes que se quedan abiertas, silencios que también hablan; y de seguir, como quien sigue conversando mientras el fuego se va apagando despacio, sin prisa, sin cierre, mirando cómo la noche cae sobre el territorio y preguntándose, en voz baja, qué palabra tocará cuidar mañana.


Plantilla infografía-5

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