La conversación no empezó en la mesa grande ni con micrófono; empezó al lado del fogón, mientras repartían el tinto y el pan ya medio frío, cuando las voces bajan y uno escucha mejor. Afuera estaba lloviznando suave, de esa lluvia que no avisa, pero se queda. Y alguien dijo, casi sin intención de dejar frase: “mire pues, ahorita no había nada y ya se está arrejuntando el agua”. Nos quedamos mirando hacia el monte, hacia el cielo gris bajito, y ahí mismo otro compañero siguió: “así estamos nosotros, como nubes sueltas”.

Nosotros venimos de reuniones largas, de escuchar muchas voces, de agendas llenas, de papeles que se amontonan y también de cansancios que no siempre se dicen. En esta conversa, como en muchas otras, apareció una preocupación que ya venía rondando: el celo de la información, el cuidado de lo que sabemos, de lo que contamos y de lo que mostramos. No es desconfianza sin razón. Es cuidado de la memoria.

Hemos visto cómo nuestras palabras terminan en informes que no regresan, cómo fotos del territorio circulan sin nombre, cómo los saberes se vuelven “datos” y los datos se vuelven propiedad de otros. Por eso, cuando hablamos de salvaguarda, de cuidado, de política, no lo hacemos desde la moda ni desde la exigencia de afuera; lo hacemos porque algo nos está pasando adentro.

Alguien dijo algo que nos sacudió un poco: “ya es hora de poner la mesa”. No para discutir quién manda más ni para marcar territorio, sino para sincerarnos. Para decir qué tenemos, qué hemos hecho, qué no nos ha funcionado, qué nos duele y qué nos da miedo. Desde comunicación, esta conversa nos tocó profundamente, porque a veces también creemos que comunicar es solo tener un micrófono, una emisora, una cámara. Y no. Comunicación es todo. Es cómo se pinta un muro, es qué imágenes ponemos, es a quién le damos voz y a quién no.

En la reunión alguien expresó preocupación por los murales con imágenes de grupos armados, no como censura, sino como pregunta: ¿qué estamos comunicando?, ¿qué impacto tiene eso en los niños, en los mayores y en la comunidad?, ¿eso fortalece o debilita el tejido propio? También salió el tema de las redes sociales. Hoy todo pasa por ahí: reproducciones, likes, seguidores. Y eso implica un riesgo grande porque no todo lo que se publica debe circular. No todo lo que se graba debe subirse. No todo lo que genera alcance genera cuidado.

La recomendación es aprender a comunicar con cabeza y con corazón

La imagen de las nubes volvió varias veces, porque explicaba mucho sin necesidad de tanto discurso. Cada sistema es una nube: algunas cargadas, otras livianas. Cuando se encuentran, puede tronar, puede haber rayos, puede haber fricción, y eso no es malo. Es natural. Sin embargo, no hay aportes pequeños, solo es necesario juntarlos.

Otra tensión que se presenta es el tiempo. Siempre el tiempo. Los proyectos quieren resultados rápidos, las instituciones piden informes, pero los procesos comunitarios no caminan así. Un compañero hizo un cálculo sin pretender exactitud: “esto puede tardar ocho años”. Nadie se rió, porque sabíamos que no estaba exagerando. No se trata solo de escribir un documento; se trata de ir al territorio, escuchar, volver, ajustar, equivocarse, volver a escuchar. Y eso no cabe en un cronograma apretado.

También se presentó una reflexión fuerte cuando se habló de protección, no solo del conocimiento, sino de la persona. Porque a veces hablamos de “saberes” como si flotaran solos, como si no estuvieran encarnados. Es importante hacerse las siguientes preguntas: ¿Quién protege al comunicador que denuncia?, ¿Quién cuida al sabedor que comparte en medio de un contexto difícil?, ¿Quién acompaña al joven que investiga temas sensibles? No se trata de cerrar la puerta. Se trata de poner condiciones.

Además, alguien recordó algo que dolió un poco: hay mandatos de hace veinte años que no se han operativizado. No por falta de palabra, sino por falta de articulación, de decisión, de continuidad. Y eso nos obliga a mirarnos con honestidad, no para culpar, sino para aprender. Porque si volvemos a escribir algo que se quede guardado, habremos fallado.

En ese mismo espacio, cuando se habló de qué cuidar primero, no hubo mucha discusión. La lengua salió de inmediato, porque sin lengua no hay pensamiento propio. Los compañeros de Totoró contaron cómo se viene fortaleciendo la huerta, el trau misak, no solo como cultivo, sino como forma de vida. También el reconocimiento de la medicina propia. Se dijo algo fuerte: si no fuera por ella, muchos ya no estaríamos. 

Hacia el final, cuando ya la lluvia se estaba yendo y el cielo aclaraba un poco, alguien dijo algo que sonó a advertencia cariñosa: “cuando queda mucho en el aire, se va”. Por eso se propuso poner fechas, responsables, rutas, como una forma de compromiso. Sacar una circular, hacer un llamado urgente, encontrarnos de nuevo.

Cuando nos despedimos, el camino estaba húmedo, la tierra oscura, oliendo rico. Alguien pasó la mano por una hoja mojada y dijo en voz baja: “ya le llegó el agua”. Pensé en todo lo que hablamos, en las nubes, en los truenos, en el río de conocimiento que queremos formar. Pensé en lo difícil y en lo necesario. Y me quedó dando vueltas una pregunta que no tiene afán de respuesta: ¿Estamos dispuestos a mojarnos juntos, o cada quien seguirá cuidando su nubecita?

Plantilla infografía-2
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