Séptimos Juegos Tradicionales Ancestrales en el Territorio Kwetahd Kiwe (Cohetando) Páez-Belalcázar

Con la fuerza de la palabra mayor y el espíritu de la unidad, desde el Territorio Ancestral de Kwetahd Kiwe (Cohetando) compartimos con la audiencia de la Red AMCIC – Asociación de Medios de Comunicación Indígena de Colombia un saludo especial a todas las Autoridades, dinamizadores, niñas, niños, jóvenes y mayores que hoy se encuentran tejiendo la vida en el marco de los séptimos Juegos Tradicionales Ancestrales, desde el Puz Ya‘ja Piyayuwe de educación de la Asociación de Autoridades Ancestrales Territoriales Nasa Çxha Çxha.

En este escenario nos acompaña la Autoridad Tradicional del territorio, el compañero Miguel Gugu, quien nos recuerda que estos juegos no son competencia, sino espacios de juntanza, hermandad y unidad, más de mil semillitas (niños y niñas) participan en prácticas propias que fortalecen la educación ancestral, la memoria y la continuidad cultural.

Este encuentro convoca a instituciones y procesos de toda la región: el Consejo Juan Tama, la ACIN, instituciones educativas de Piendamó y Nasa Jóvenes que se han destacado en el ámbito de los juegos tradicionales, todas y todos se suman a este ejercicio que reafirma la importancia de seguir hilando la educación propia y sosteniendo la palabra viva en nuestros Territorios.

La comunidad anfitriona hace un llamado al acompañamiento, al cuidado y a la colaboración para garantizar el buen desarrollo del evento, si bien persisten restricciones en la vía principal desde el Municipio de Páez-Belalcázar hacia el Alto del Carmen, se pide paciencia a los asistentes y se resalta el compromiso comunitario de mantener este espacio como un tejido pedagógico, espiritual y cultural que fortalece la vida colectiva.

Los séptimos Juegos Tradicionales Ancestrales son semilla de futuro aquí se forman los niños y jóvenes bajo los principios de Unidad, Territorio, Cultura y Autonomía, reafirmando que la educación propia sigue viva en Tierradentro y en todo el Cauca.

Por: programa de comunicaciones CRIC.

Un llamado al caminar el mar del Pacífico

Desde la Casa Grande del CRIC nos encaminamos al puerto de Buenaventura, la travesía en lancha hacia Puerto Saija fue un llamado al caminar el mar del Pacífico embravecido que nos sacudía sin mente, cada ola nos lanzaba un reto al casco de fibra, salpicándonos los rostros, en una mezcla de gas y espuma salada que tanto golpeaba; el agua se colaba entre las rendijas, haciendo tambalear los pensamientos y encender el pulso, aquella lancha ícono de movilidad moderna surcaba al océano como si contara los latidos de una geografía herida pero aún fuerte.

Al arribar, bajo un cielo encapotado de nubes, nos recibió una población afro e indígena, y lamentablemente pancartas alucibas al margen de la ley como símbolos dominancia forzada en este territorio, lamentablemente donde el Estado no asoma su rostro se llenan de esas presencias armadas ecos de una nación rota que no llega, sin remedio ni rescate. Una autoridad del resguardo Infi, compañero ya de tantos encuentros, nos acogió junto a su familia su compañera y su pequeño hijo con cálida ternura, nos ofrecieron pescado fresco las raíces del mar en cada bocado, condimentado con yerbas que sazonaban la saberes ancestrales, a recordar que ese mar y ese río no solo alimentan, también nutren historias.

Al mediodía, partimos por la corriente hacia el río, percibiendo cómo el paisaje se transformaba en medio de los esteros, los manglares cedían paso a mangles extendiéndose con raíces aéreas firmes, hasta dar paso a la guadua, el caucho y el chontaduro, palmas que se estiran hacia el cielo, fuertes como la memoria de estos pueblos. Se alzaban también samanes y ceibas gigantes que miran el Cauca antiguo, entre lo medicinal se veía plantas como el cimarrón, el paico y la albahaca, utilizadas en infusiones curativas, parte viva de la medicina tradicional pacífica.

A medida que avanzaba el viaje, el río se estrechaba, y el motor debió bajar de hélice y usar la palanca la técnica ancestral se impuso, y la mujer dueña de esa habilidad ancestral se paró en la proa para guiar la lancha con una precisión ancestral. Su cabello, recogido con gracia, ondeaba con el viento sobre el aire húmedo; sus manos, firmes en la palanca, le hablaban al agua con respeto y sabiduría, manejar así tantas horas no es acto de resistencia: es un cantar de vida.

El trayecto de más de cuatro horas fue una lección de resistencia en unidad, vimos a lo lejos maquinaria de minería ilegal seis puntos claros de extracción, silencio de devastación y cultivos ilícitos de coca, heridas verdes en el suelo sagrado, el territorio, expuesto, llamaba por protección. El río crecía en sus orillas de selva; de pronto, el celular del grupo vibró y dio un sonido de mensaje señal entre espesores de bosque, una torre se alzaba desde lo alto, recordándonos cómo la tecnología penetra donde antes solo habitaba el aliento de las hojas. La lluvia nos recibió al llegar, gotas gruesas que limpiaron el cansancio del cuerpo y el aire con perfume de tierra mojada.

Ya en el resguardo de Infi, hacemos una pregunta de cuanto son los costos de los produtos agricolas como la cebolleta y papa costaban 7000 pesos la libra un estrangulamiento económico que atraviesa lo simbólico, el costo real de llevar alimentos desde afuera, atravesando deslindes, se refleja en cada precio; ese valor no es lujo, es supervivencia, una comparación: en zonas frías, una libra debería costar unos 600 pesos, esa brecha es violencia estructural, inflación del abandono estatal.

Ese diferencial casi doce veces muestra cómo la lejanía no solo es geográfica, es económico y político, nos dimos cuenta que los recursos y escasez de oportunidades, criticar desde afuera es ignorar ese conflicto, frente a ello, el tejido social emerge como resistencia.

Uno de los aspectos que más llaman la atención en estas vivencias con las comunidades de la costa pacífica es la forma en que se han organizado para suplir la ausencia de servicios básicos, en el resguardo Infi, por ejemplo, la energía no llega a través de las redes nacionales, ante ello, la comunidad encontró su propia solución: el uso colectivo de plantas eléctricas.

Cada tarde, hacia las seis o siete, el sonido de los motores anuncia que la luz comenzará a recorrer las casas, la electricidad se distribuye hasta alrededor de las nueve de la noche, tiempo suficiente para cargar celulares, encender algunas bombillas y realizar las tareas más urgentes, no es una energía permanente, pero sí la necesaria para mantener la vida cotidiana en movimiento. Este esfuerzo comunitario refleja no solo ingenio técnico, sino también resistencia, allí donde el Estado no logra iluminar, son las propias manos de la gente las que encienden la noche.

Al día siguiente se abrió el espacio de formación: conversamos sobre la política pública de comunicaciones para pueblos indígenas, sobre formas propias de comunicar, planes de formación, medios propios y derechos garantías; la comunicación no es sólo transmisión de información: es cosmovisión, agua, danza, aquí la “Tachinabe”, la autoridad política y espiritual del Sia (Epedara Siapidara), tiene la última palabra, la lengua Siapede retumbaba en cada palabra, aunque el taller se dio en español, el desafío traer comunicadores de la comunidad.

Participaron representantes de El Playón, yerbateras y yerbateros, estudiantes de derecho propio, dinamizadores de SISPI, tejedoras y sabedores. Se abordaron temas de arte ancestral, música, tejido simbólico, oralidad, la casa grande en techo de palma, vibraba el tambor y la voz en agudos de los mayores una comunicación que no se dice, se siente.

La comida tradicional pescado tapado en hojas, tejido en tetera, morrales con simbología, cuentos y sainetes dibujó una espiral: caracol, remolino, huella que se expande, como la comunicación propia, esa voz, ese origen, es danza y tejido, es comunidad. Esa noche, en la casa de un compañero, compartimos saberes y conocimientos del alma, el mandato de concepción dentro del pueblo Sia, ceremonias que mantienen el espíritu, mayores y mayoras que están en otro espacio que requieren acompañamiento espiritual con la Tachinabe para que descansen en paz, porque aquí el más allá sigue presente en cada río que pasó.

Y, contra todo pronóstico, vimos felicidad auténtica niños que nadan en el río, juegan sin pantallas; el menor uso tecnológico fortalece la cultura, su memoria, así lo demostraron en los juegos ancestrales del encuentro en la categoría de nado, los delegados Sia ganaron.

Al siguiente día, iniciamos formación en producción radial notas de audio, entrevistas sencillas con celular, herramientas para comunicar desde adentro, cerramos con tejido en tetera: fibras secas, manos que vuelven memoria a vida, nos alistamos para la Minga Grande del Arte 2026, convocando a acompañar ese canto que será mural, tejido, sonido y palabra

Por programa de comunicaciones CRIC.