En lo alto de las montañas andinas encontramos los páramos que son los ecosistemas estratégicos y únicos en el mundo en generar vida en todas sus formas. Estos proveen alimento, agua, paz y tranquilidad, no solo a las comunidades locales, sino también a quienes se benefician de los recursos ecosistémicos que estas áreas proveen.
Los páramos son ecosistemas de alta montaña ubicados entre los 3.000 y 4.500 metros de altura sobre el nivel del mar, se estima que en el mundo existen alrededor de 78 páramos de los cuales el 50% se encuentran ubicados en Colombia con alrededor de 37 complejos distribuidos en la zona andina, que cobijan al menos 2,9 millones de hectáreas del territorio nacional. Estas áreas son más que altitudes frías, son espacios de vida y hogar de comunidades campesinas, indígenas y afros, además son custodios del agua y habitad de diversidad en flora y fauna, muchas de las cuales son de carácter endémico, que hacen parte de la biodiversidad del país.
El rol es retener la niebla y las precipitaciones, regulando así el ciclo hídrico y liberando agua de manera constante, las cuales nutren las principales vertientes del país, suministrando el 70% del agua consumida en Colombia tanto para lo producción agrícola, pecuaria, la generación eléctrica y el consumo humano. Además, estos espacios de vida son sumideros de carbono adsorbiendo los gases de efecto invernadero generados por la contaminación, contribuyendo así a la mitigación del cambio climático.

A pesar de todos los servicios ecosistémicos que prestan, los páramos actualmente enfrentan graves riesgos, dado que están siendo fuertemente afectados por factores como la ampliación de la frontera agrícola, la minería, la deforestación y la exacerbación del cambio climático, entre otros. Sumados a una deficiente política pública para su conservación y protección por parte del Estado Colombiano.
Estas situaciones han detonado en el incremento de los conflictos, pues, por un lado, se habla de conservación que implica la delimitación del territorio y por el otro de la producción agrícola, de la cual dependen familias que trabajan la tierra. Por ello, para hablar de delimitaciones se debe comprender las realidades territoriales de las comunidades rurales, puesto que en las áreas circundantes a los páramos es donde se produce buena parte de los alimentos de la canasta familiar. En ese sentido, la ponderación entre fortalecer la producción agrícola y pecuaria versus la conservación y protección de estas áreas ha generado choques entre las comunidades locales que subsisten a partir del desarrollo de estas actividades productivas con los ambientalistas y en especial con entidades del sector ambiental de orden local, regional y nacional.
La delimitación de los páramos es el resultado de los compromisos que se han venido adquiriendo por parte de la nación sobre las recomendaciones de organismos internacionales que de alguna manera son necesarias, pero las mismas deben ser concertadas con las comunidades, ello no implica, imponer y pasar por encima de los derechos de las comunidades, pues implementar estas acciones sin consentimiento, generaría un desplazamiento de campesinos, indígenas y afros que llevan décadas desarrollando actividades productivas en estos territorios.

Para el pueblo Kokonuko ubicados en la zona centro el departamento del Cauca, organizados en los resguardos de Kokonuko, Puracé, y Paletara. En este territorio se destaca el volcán Purace, el volcán Pan de azúcar, el cerro de los kokonukos y el pico de Paletara, del cual cuidan para contribuir en la protección de los espacios de vida. Esto lo hacen de la mano con los cabildos que han contribuido en el cuidado de los páramos que se encuentran dentro de su territorio.
Los comuneros indígenas son quienes asumen la responsabilidad más importante en el cuidado de los páramos, pues su vida cotidiana se desarrolla justamente bajo las faldas de las montañas donde nacen estos ecosistemas fundamentales. Allí, en medio del frío que caracteriza estas alturas, ellos conviven directamente con la naturaleza, conocen de primera mano el territorio y entienden la magnitud de su biodiversidad.
Gracias al conocimiento ancestral de los pueblos, se ha logrado conservar especies emblemáticas como el cóndor andino o cóndor de los Andes, símbolo de libertad que también está presente en el escudo de Colombia, y el oso de anteojos, que se encuentra en peligro de extinción. Del mismo modo, cuidan especies de flora como el frailejón, planta esencial de los páramos, ya que actúa como guardián del agua. Su importancia es tan grande que cada frailejón puede tardar más de cien años en crecer, lo que demuestra el valor de preservarlo.
Sin embargo, la tarea de los comuneros no se limita a la fauna y la flora. También tienen la misión de proteger los lugares sagrados de la naturaleza: lagunas, nacimientos de agua o “ojos de agua” como se les conoce en las comunidades indígenas, ríos y aguas termales que además de su riqueza natural tienen un valor espiritual y medicinal. En muchos casos, estas fuentes de agua son utilizadas con fines curativos y de servicio comunitario.
De la mano de este cuidado, surge también la responsabilidad de regular el turismo en los páramos, no desde una mirada meramente comercial, sino bajo principios culturales y espirituales que promuevan un verdadero desarrollo sostenible. Es decir, una forma de relacionarse con la naturaleza que beneficie a la comunidad mantenga viva su cultura y, al mismo tiempo, proteja el medio ambiente para las generaciones que vienen.
En este sentido, es importante reconocer que el cuidado de los páramos no puede recaer únicamente en los comuneros indígenas, aunque ellos sean los principales guardianes de estos ecosistemas. El desafío ambiental que hoy enfrentamos demanda la articulación con instituciones gubernamentales, organizaciones ambientales, sectores académicos, procesos comunitarios urbanos y con la misma sociedad civil, pues el agua que se produce en estos territorios abastece a millones de personas fuera de las comunidades. Por eso, los páramos deben comprenderse como bienes comunes de interés nacional y mundial, donde se necesita un compromiso compartido para garantizar su protección.

En este camino, los saberes ancestrales de los pueblos indígenas representan un pilar fundamental, ya que no solo aportan conocimiento sobre la biodiversidad y el manejo de los recursos naturales, sino que también incorporan una visión espiritual y cultural que reconoce a la naturaleza como un ser vivo con el cual se establece una relación de reciprocidad. Estos principios contrastan con enfoques técnicos o productivistas, pero al mismo tiempo los complementan, pues permiten equilibrar la ciencia moderna con la cosmovisión indígena, generando propuestas más integrales y sostenibles.
La construcción de puentes de diálogo intercultural y técnico es entonces una necesidad urgente. Solo mediante el reconocimiento de la diversidad de perspectivas será posible consolidar estrategias de conservación efectivas. Este diálogo debe trascender las diferencias, reconociendo que la defensa del páramo no puede estar atravesada por intereses particulares o fragmentados, sino que requiere acuerdos colectivos donde prevalezca la vida, la protección del agua y el respeto por los territorios.
Al mismo tiempo, resulta clave pensar en alternativas productivas sostenibles que fortalezcan la economía de las comunidades locales sin poner en riesgo el equilibrio del ecosistema. Esto implica apostar por prácticas agrícolas limpias, sistemas de producción agroecológicos, el turismo comunitario regulado, la medicina tradicional y otras iniciativas que promuevan el bienestar social y cultural sin deteriorar los recursos naturales. De esta forma, se garantiza que la protección del páramo no se traduzca en una carga o limitación para los habitantes, sino en una oportunidad de vida digna y sostenible.
En conclusión las necesidades tanto de las comunidades locales que habitan tradicionalmente los páramos como de quienes se preocupan por liderar iniciativas para su cuidado y protección son plenamente validas en la actual coyuntura de retos y desafíos ambientales de carácter global, sin embargo estas diferencias conceptuales, técnicas, culturales y territoriales deben tramitarse en el marco de un dialogo respetuoso que busquen el bienestar de las comunidades y de los ecosistemas, de tal manera que se genere un trabajo colectivo y articulado para facilitar la generación e implementación de estrategias de conservación y restauración de estos ecosistemas pero también fortalecer y dinamizar los sistemas productivos sostenibles de las comunidades transitando a una producción más limpia y amigable con estos espacios de vida, logrando acuerdos donde todos los actores involucrados sedan un poco en procura de la conservación de un bien común que garantizara la subsistencia de las nuevas generaciones.
Plantilla infografía-13