Lo que pasó ayer en Jambaló no es un simple “hostigamiento”, ni un enfrentamiento más en la larga lista de dolores que carga este departamento, no; lo de ayer fue un ataque deliberado, brutal y calculado contra un Pueblo entero, contra su casco urbano, su vida cotidiana y su dignidad, y hay que decirlo sin rodeos: fue un ataque ejecutado por estructuras armadas ilegales sin ningún respeto por la población civil, sin límite ni pudor, sin conciencia del daño que dejan.
Por primera vez en la historia de este municipio se utilizaron drones cargados con explosivos, lanzados desde la cancha del barrio Santa Rosa, el grupo armado disparó y lanzaron tatucos: volaron sobre los techos, dejaron caer bombas sin dirección, sin control, sin pensar que el viento, la señal o la suerte podían hacer que esos artefactos cayeran sobre un cuarto, un niño, una cocina, una cama, y así fue: explotaron dentro de casas en Las Dalias, en Olaya Herrera, en Nueva Jerusalén y cerca de la estación de Policía, dejando más de 60 viviendas afectadas, dos destruidas totalmente y decenas perforadas por los impactos.
Ayer Jambaló vivió su peor madrugada en décadas: sin energía, sin agua, sin comunicación, sin telefonía, sin internet, aislado completamente porque los operadores se niegan a ingresar hasta que hayan garantías, la gente no puede llamar, no puede avisar si necesita ayuda, no puede reportar una herida, no puede alertar sobre explosivos sin detonar.

Mientras tanto, en los barrios la gente contaba las detonaciones: 20, 25, 30, 40… y más, la estación de Policía quedó rodeada, con siete uniformados heridos; un niño de 16 años terminó lesionado por vidrios que estallaron tras la explosión; viviendas destruidas, negocios arrasados, herramientas de trabajo perdidas, la pregunta que se repite una y otra vez es simple y devastadora: ¿hasta cuándo?
Esto no fue solo en Jambaló. Silvia, Corinto y Padilla también vivieron hostigamientos, ráfagas y explosiones, la ofensiva fue simultánea, no fue coincidencia, no fue un error, fue una señal: “podemos atacar varios Pueblos a la vez y nadie nos frena”.

Y aquí tenemos que ser claros:
Nada justifica lanzar drones explosivos sobre un casco urbano.
Nada justifica el reclutamiento de menores.
Nada justifica atacar casas, negocios, escuelas, vías.
Nada justifica tomar un pueblo como si fuera un campo de guerra.
Por eso el rechazo debe ser contundente, firme, sin adornos:
Los grupos armados ilegales están destruyendo el Territorio Indígena, nos están arrancando la tranquilidad, la familia, los recuerdos, la vida misma.
Y frente a esta barbarie, el Estado no puede mantenerse sin decir nada.
No puede seguir llegando tarde, mal o nunca.
No puede seguir alegando falta de garantías mientras la comunidad se queda encerrada sin agua, sin luz y rodeada de explosivos.
La Guardia Indígena actuó, cerró accesos, protegió a la gente, caminó entre escombros mientras aún caían explosivos.
La Alcaldía hizo censo.
La misión médica entró cuando por fin hubo garantías mínimas.
Las juntas de acción comunal están alertando sobre artefactos sin explotar.
La gente está haciendo lo que puede, con lo que tiene.
Pero la pregunta es: ¿qué más tiene que pasar para que el país mire al Cauca con responsabilidad real?
Jambaló no puede ser condenado al silencio, ni a la indiferencia.
El dolor de hoy es masivo, evidente y profundo.
Y no es el último si no se frena esta ofensiva.
La vida en el Territorio no resiste más aplazamientos.
Lo decimos con fuerza, con rabia y con verdad:
Jambaló está herido, pero no está vencido.
El Cauca está cansado, pero sigue de pie.
Y frente a estos narcoparamilitares, no nos vamos a arrodillar.
Por: Programa de Comunicaciones CRIC.






