En la puerta de oro del Cauca, donde el frío abraza los sembríos de papa y los caminos que conocen bien el peso de la historia, hay un joven que cada día se levanta antes que el sol, con sus piernas curtidas por el trabajo del campo y su corazón encendido por un sueño antiguo, Fabián Conejo Sánchez ha desafiado los límites del territorio para llevar el nombre del pueblo Totoroez al escenario más exigente del ciclismo nacional: la 75ª edición de la Vuelta a Colombia.
Esta no es solo la historia de un ciclista, es la historia de un territorio que resiste pedaleando, de una comunidad que siembra esperanzas entre papales páramos y nieblas, y de un joven que, sin más herramientas que una bicicleta modesta y el apoyo colectivo, ha logrado representar la dignidad de un pueblo en movimiento.

Entre el barro y la altura: sembrar sueños
Fabián nació hace 26 años en la sección Loma del Medio, en el resguardo indígena de Totoró desde pequeño le gustaba correr en una bicicleta antiguana, no tenía cambios ni frenos finos, pero sí tenía la fuerza de un sueño, su familia indígena y trabajadora, lo apoyó con lo poco que tenía, y la comunidad siempre estuvo presente, no con lujos, pero sí con fuerza moral. Antes que ciclista, Fabián es agricultor siembra papa, la vende en el mercado de Totoró y Popayán; con eso sostiene parte de sus entrenamientos, cada pedalazo que da está cargado de trabajo comunitario, de sudor compartido, y de las voces de los mayores que le enseñaron que andar en bicicleta también es una forma de caminar el territorio.

Un legado que vuelve al asfalto
No es la primera vez que un Totoroez llega a la Vuelta a Colombia. En los años 80, Gerardo Conejo se convirtió en el primer indígena del pueblo en correr esta mítica competencia. Más de cuatro décadas después, Fabián recoge esos pasos con humildad y coraje.
El legado no es solo deportivo, es histórico, la participación de Fabián en esta edición 2025 una de las más duras y emocionantes de la Vuelta, con 10 etapas y más de 1.888 kilómetros entre Casanare, Cundinamarca, Boyacá, Tolima, Quindío, Valle del Cauca y Bogotá; es también un mensaje de resistencia, la bicicleta se convierte en el símbolo del caminar en minga, de un pueblo que no quiere quedarse atrás, sino ser parte del futuro que también nos pertenece.

El Equipo del CRIC: pedaleando por la vida
Fabián hace parte del equipo del Consejo Regional Indígena del Cauca, una escuadra que no solo corre para ganar posiciones en la general, sino para sembrar orgullo en cada comunidad, en esta edición, los entrenamientos han sido duros y las condiciones desiguales frente a los grandes equipos del país, pero gracias al esfuerzo en minga y al apoyo técnico liderado por el entrenador Jimmy Morales, a la gestión de la Consejería Mayor del CRIC y al apoyo de quienes se han sumado a esta causa , hoy cuentan con bicicletas de alto nivel, algunas adquiridas recientemente con una inversión cercana a los 40 millones de pesos.
Fabián, junto a sus compañeros, ha sabido mantenerse dentro del lote principal en varias etapas, aunque han tenido fallas mecánicas y diferencias de tiempo, el nivel físico y la motivación están en alto, la segunda y tercera etapa, con un final montañoso en el Alto del Porvenir, los vio posicionarse entre los primeros 50 de la clasificación general, una hazaña que llena de orgullo a los pueblos indígenas representados.
Ciclismo con raíz
Detrás de la camiseta del CRIC Nacional, Conejo lleva también los colores del maíz, de la papa, del agua que corre libre por el páramo, no corre solo, corre por los niños que lo ven como ejemplo, por los mayores que hablan de él antes de cada carrera, por la comunidad que lo empuja simbólicamente en cada pedaleo, corre por los que han caminado este proceso organizativo que hoy cumple más de 50 años de lucha.
El ciclismo, para Fabián, no es solo una competencia, es un camino pedagógico, una escuela de resistencia y disciplina, en sus palabras “uno también puede sembrar futuro pedaleando, si lo hace con el corazón firme y la comunidad a su lado”.
De Totoró a Colombia
Cuando el pelotón pase por las grandes capitales, pocos sabrán que entre esos ciclistas hay un joven que viene de sembrar en el páramo, pero los que conocemos su historia, sabremos que cada pedalazo suyo es una semilla más para la autonomía, para la dignidad indígena y para la construcción de un país consciente que en los territorios somos más que solo tapar vías.

Desde Totoró lo siguen, lo animan, lo esperan, desde el territorio, cada curva que toma es una curva que toma el proceso, porque Fabián no corre para huir, corre para volver, y cuando vuelva, lo hará con más historias que contar, con nuevos caminos que tejer y con un lugar ganado no solo en la Vuelta a Colombia, sino en el corazón de un pueblo que lo reconoce como parte del Nakɨtrap (fogón).
Comunicadores indígenas del pueblo Totoroez






