Estábamos sentados al pie de un árbol, ya casi sin chirrincho, cuando uno de los jóvenes preguntó sin levantar mucho la voz: “¿y todo esto para qué es?”. Nadie se rió, nadie corrigió. El árbol seguía ahí, ondeado por el viento, como escuchando. Los comunicadores del proceso nos miramos sin decir nada, porque esa pregunta no era pequeña. Veníamos de una jornada larga de conversación, de hablar del territorio, de las semillas, de la organización, de los sueños que caminan desde hace muchos años, y fue un joven quien nos devolvió al centro.
Ahí, en ese momento sencillo, entendimos otra vez que la comunicación propia no empieza cuando prendemos la grabadora ni cuando abrimos un archivo. Empieza cuando alguien se atreve a preguntar desde el corazón, cuando el cuerpo se cansa, cuando la palabra se demora, cuando el silencio también dice. Caminamos el territorio desde hace años y, aun así, seguimos aprendiendo a escuchar, no como quien saca información, sino como quien recibe una responsabilidad.
Ese día, mientras el viento sacudía y el frío bajaba, sentimos que los sueños de los jóvenes y de los niños no son algo que viene después: son ahora. Son el llamado que nos obliga a revisar lo que estamos haciendo, cómo lo estamos contando y para quién. Porque los sueños no se heredan solos: se cuidan, se acompañan, se defienden y, a veces, también se ponen en duda, se preguntan y se vuelven a nombrar.
Las semillas guardan memoria, saben esperar, reconocen el tiempo y es así como ha caminado nuestra organización. Como comunicadores indígenas en proceso organizativo, no hablamos desde afuera. Somos parte de ese maizal. También nos hemos enredado, también hemos dudado, también nos hemos cansado. A veces incluso hemos querido soltar el camino y buscar algo más fácil, algo que no duela tanto. Pero seguimos, porque el movimiento indígena nació como una respuesta a la vida misma, como una necesidad de seguir siendo pueblos, de no desaparecer, de cuidar la identidad, la tierra y la palabra.

Hoy los niños y las niñas son los guardianes visibles de ese legado. Ellos no solo repiten lo que decimos: nos miran, nos preguntan, nos miden. Y eso nos compromete más, porque no basta con decir que luchamos por el territorio si no revisamos cómo lo estamos cuidando. No basta con hablar de Gobierno Propio si no escuchamos a las bases, si no volvemos a la comunidad, si no revisamos nuestras prácticas, nuestras formas de mandatar y nuestras maneras de decidir.
Hablar de comunicación propia es hablar de cuidado: cuidar la palabra, cuidar el cuerpo y cuidar la relación con el territorio. No todo se puede decir, no todo se puede mostrar, no todo se puede compartir en redes, aunque hoy todo parezca exigir visibilidad. Hemos aprendido, a veces con dolor, que una imagen mal usada puede hacer daño, que una palabra sacada de contexto puede romper confianzas construidas durante años.
La comunicación no es solo radio, video, texto o redes sociales. Es una forma de caminar, es una ética, es una manera de relacionarnos con los mayores, con los sabedores y con los jóvenes. Cuando un mayor nos comparte un conocimiento, no nos está entregando un dato; nos está confiando parte de su vida. Y eso exige responsabilidad, exige pausa, exige humildad.
En los procesos de formación por fuera de los territorios, esta tensión es permanente. Hay formatos, hay informes, hay necesidades de sistematizar, pero también hay límites. Hay saberes que no se escriben, ritualidades que no se graban, palabras que solo viven en el fogón, en la chorrera, en la caminata larga. Como comunicadores, nos hemos preguntado muchas veces hasta dónde mostrar, hasta dónde guardar, hasta dónde compartir.
No siempre tenemos respuestas claras. A veces nos equivocamos, a veces aprendemos tarde, a veces pedimos perdón después de haber publicado. Pero seguimos insistiendo en que la comunicación propia no puede convertirse en una forma de extracción. No venimos a llevarnos nada; venimos a acompañar, a tejer, a devolver, a dejar algo que sirva, aunque sea pequeño. Si no cuidamos eso, la comunicación se vuelve vacía, se hace ruido, se convierte en obligación.
Nuestra organización, como cualquier cuerpo vivo, tiene tensiones internas: malezas que hay que desyerbar, diferencias que no siempre se resuelven fácil, heridas que no se cierran solo con discursos. Pero también tiene una fuerza histórica que no se puede negar. El proceso organizativo indígena ha sido y sigue siendo un puntal, no solo para nuestros pueblos, sino para otros procesos a nivel nacional e incluso continental.
Eso no es un orgullo vacío; es una responsabilidad grande. Por eso nos preguntamos constantemente qué sociedad queremos construir, cómo se ve el futuro de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestros pueblos. Qué significa hoy la unidad, cuando somos pueblos diversos, cuando los contextos cambian y los retos son otros.
La unidad no es pensar igual; es caminar juntos desde la diferencia. Es la minga, es el desacuerdo, es la capacidad de volver a encontrarnos después del conflicto, de la discusión fuerte, del desencuentro. A veces nos cuesta, a veces preferimos alejarnos, pero sabemos que solos no hemos llegado lejos.
La gobernabilidad no puede reducirse al manejo de recursos o a lo administrativo. Gobernar es orientar la vida: decidir colectivamente cómo usamos la tierra, cómo producimos, cómo nos relacionamos con otros pueblos, con campesinos, con comunidades afrodescendientes. El territorio no es solo nuestro; está habitado por muchas historias, y ahí el reto es grande.

La violencia sigue presente, a veces visible, a veces silenciosa. Las sequías, las inundaciones, los cambios abruptos nos golpean. Nos preguntamos si somos realmente conscientes de lo que está pasando, si estamos escuchando lo suficiente, si estamos preparando a los niños y a los jóvenes para lo que viene, sin quitarles la esperanza, sin cargarles miedos que no les corresponden.
Tenemos normas, leyes y sentencias que nos protegen, pero también sabemos que una norma sin comunidad no camina, que una ley sin espiritualidad se queda corta. Por eso insistimos en volver a las bases, en revisar con los cabildos, con las autoridades y con la gente. No para repetir discursos, sino para vivirlos, ajustarlos y reconocer cuando algo no está funcionando.
No estamos partiendo de cero. Tenemos historia, experiencia y memoria. Hemos avanzado mucho, pero también sentimos que hay cosas que se nos están escapando. No es fácil: el sistema presiona, las necesidades existen, las urgencias también. Pero seguimos preguntándonos, porque dejar de preguntar sería rendirse.
La paz no es solo la ausencia de guerra. Es la posibilidad de vivir con dignidad, de decidir sobre nuestro territorio, de cuidar la diversidad de pueblos que somos. Somos ricos en territorio, en organización y en simbologías; a veces sentimos que somos pobres en confianza, y ahí hay un trabajo profundo por hacer: tejer de nuevo, sanar, mirarnos sin miedo, reconocer errores y volver a hablar.
No queremos terminar con un llamado gritado ni con una consigna cerrada. Preferimos dejar una imagen: volver a ese árbol, a ese fogón, ver a los niños jugar en los cercos, escuchar a los mayores hablar bajito, sentir la tierra húmeda después de la lluvia y quedarnos con esa pregunta que sigue caminando con nosotros, sin respuesta definitiva, como debe ser:
¿Estamos soñando lo suficiente y, sobre todo, estamos cuidando esos sueños para que no se nos pierdan en el camino?






