Mientras los comunicadores y Guardias indígenas siguen poniendo el cuerpo en Territorios militarizados, mientras las mujeres sostienen procesos culturales sin salario y los jóvenes hacen de una cámara o un micrófono su herramienta de resistencia, las Autoridades siguen viendo la comunicación como un accesorio, un simple altavoz de los comunicados políticos. Y ese es el error más grave: la comunicación y Guardia Indígena no es servidumbre, es Gobierno Propio.

La desatención que hiere

Los paneles del FestVIC-III lo dijeron con claridad y sin rodeos: los procesos de comunicación, de mujeres, de jóvenes y de Guardia Indígena no pueden seguir siendo invitados como accesorios de la mesa política organizativa; son la mesa misma donde se teje la vida comunitaria. Sin ellos, las organizaciones quedan mudas, envejecidas y desconectadas del Territorio real.

Sin embargo, muchas Autoridades han abandonado su deber de acompañar y proteger estos procesos, se pide “visibilizar”, marchar, acompañar a mingas y los congresos, pero no garantizan ni la formación, ni el sostenimiento mismo, se les exigen lealtad política, pero no les reconocen derechos en los espacios de decisión política, se repite la paradoja: los comunicadores y Guardia Indígena son los que hacen hablar al proceso, pero el proceso los condena al silencio.

Mujeres y jóvenes: los eslabones más fuertes, pero los más invisibles

En los paneles se dijo sin miedo: las mujeres comunicadoras sostienen la palabra cuando los hombres callan o huyen, son ellas quienes, entre cocina y micrófono, entre tejido y guion, mantienen viva la voz espiritual y la memoria; aun así, no tienen presupuesto, ni reconocimiento político organizativo, ni garantías de cuidado. Los jóvenes, por su parte, han transformado la comunicación con nuevas narrativas, lenguajes digitales y documentales que recorren el mundo, pero mientras afuera son premiados, adentro se les llama “inexpertos” o “rebeldes”, cuando lo que hacen es reclamar un lugar legítimo dentro del movimiento indígena. La Guardia Indígena, que encarna la comunicación en acción, sigue siendo vista solo como defensa física, olvidando que su palabra, su ejemplo y su presencia en los medios también son comunicación política.

Comunicación no es propaganda

Muchos líderes parecen haber olvidado que la comunicación no es para alabar el poder, sino para fiscalizarlo, acompañarlo y corregirlo, la comunicación propia nació para orientar, no para maquillar, cada vez que se usa una emisora o un video para esconder los errores de la dirigencia, se traiciona el espíritu del CRIC, aquel de 1971 que dijo que la palabra era herramienta de lucha, no de marketing. Si las autoridades reducen la comunicación a sonido, fotografía o “difusión institucional”, están destruyendo el legado de los mayores que levantaron el periódico Álvaro Ulcué, las primeras emisoras, los primeros colectivos.

El riesgo del abandono

El decreto 1811 y la Política Pública de Comunicación son conquistas históricas, pero sin voluntad política serán solo papel mojado, Adolfo Conejo, Dora Muñoz y Albeiro Bisus lo advirtieron: la comunicación no puede depender del dinero del gobierno ni de coyunturas de turno, si los recursos se acaban, ¿se acabará también la palabra?, ¿Seremos capaces de seguir comunicando sin presupuesto pero con convicción?. Esa pregunta incómoda pero urgente debería estar en las actas de todos los cabildos.

Retomar el rumbo

Es hora de volver al origen, las autoridades deben entender que la comunicación, las mujeres, los jóvenes y la Guardia no son “proyectos”: son el alma viva de la organización, sin ellos, el discurso político pierde legitimidad y el movimiento se vuelve burocracia, lo que está en juego no es una oficina ni un convenio: es la voz colectiva de los pueblos. Si las autoridades no despiertan, la historia los señalará no por lo que destruyeron, sino por lo que dejaron morir por indiferencia.

El FestVIC-III no fue una fiesta, fue un grito político:

“Queremos comunicación para la vida, no para la propaganda. Queremos autoridades que escuchen, no que manden a callar.”

La palabra indígena está viva, pero necesita autoridades valientes, capaces de oír la crítica sin temerla, de entregar presupuesto sin controlarlo, de reconocer que la verdadera autoridad no se impone: se comunica.

Procesos de comunicación de la red AMCIC y FestVIC-III.

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