En las comunidades indígenas del Chocó, el terremoto del 10 de agosto no solo dejó afectaciones materiales. También dejó miedo y una reflexión desde la espiritualidad sobre el mensaje que está dando la Madre Tierra. Al mismo tiempo, las comunidades llaman la atención sobre la concentración de las ayudas en Quibdó y la necesidad de que lleguen a los territorios más apartados.
En el territorio indígena del 20, perteneciente al pueblo Embera Chamí, las familias todavía sienten el temor provocado por el fuerte movimiento de la tierra y las réplicas que se han presentado después del terremoto. Cerca de 340 personas habitan esta comunidad, donde algunas viviendas y espacios comunitarios resultaron afectados.
Los niños y las niñas han sido uno de los grupos más impactados. Las clases permanecen suspendidas como medida de seguridad y, después de vivir un movimiento de esta magnitud, persisten preguntas y temores sobre si la tierra volverá a moverse.
Sin embargo, para la comunidad, lo ocurrido no puede mirarse únicamente desde los daños materiales.
Un llamado desde la espiritualidad
Desde los saberes propios, el terremoto también es leído como un mensaje de la Madre Tierra. Un llamado de atención, un regaño que invita a detenerse y mirar la manera en que los seres humanos estamos tratando el territorio.
En el Chocó, esta reflexión toma fuerza frente a las transformaciones que durante años han sufrido los ríos, las quebradas, las montañas y la selva por la explotación minera y otras actividades que intervienen la naturaleza.
Para los pueblos indígenas, la Madre Tierra no es solamente el lugar donde se vive. Es vida, memoria, espiritualidad y territorio. Allí están los sitios sagrados, los saberes y la conexión que durante generaciones han mantenido las comunidades.
Por eso, después del terremoto, los médicos tradicionales y los sabedores también acompañan a las familias desde la espiritualidad, buscando armonizar el territorio y comprender lo que está ocurriendo.
La pregunta que queda es qué estamos haciendo como humanidad frente a la naturaleza y si realmente estamos escuchando sus señales.
Las ayudas no pueden quedarse en Quibdó
A esta preocupación se suma otra: la distribución de las ayudas que han llegado al departamento.
Quibdó se ha convertido en el principal punto de recepción de las donaciones provenientes de diferentes lugares. Sin embargo, el terremoto afectó mucho más que la capital del departamento.
Comunidades indígenas, afro y campesinas de otros municipios y zonas rurales también tuvieron afectaciones. En algunos territorios hay viviendas averiadas, escuelas afectadas y familias que necesitan apoyo.
La distancia entre estas comunidades y los centros urbanos hace que muchas veces sus realidades no tengan la misma visibilidad. Por eso, desde los territorios se pide que las ayudas sean distribuidas teniendo en cuenta las afectaciones reales y que lleguen hasta los lugares donde las familias las necesitan.
La emergencia también está en los ríos, en las montañas, en las comunidades apartadas y en los resguardos indígenas.
Las organizaciones indígenas vienen realizando un diagnóstico para identificar las afectaciones y establecer cuáles comunidades requieren atención prioritaria. La preocupación es que las ayudas recogidas en nombre de las personas afectadas lleguen efectivamente a ellas.
El miedo que no se ve
En el territorio del 20, los daños materiales pueden ser reparados. Pero hay una afectación que requiere otro tipo de acompañamiento: el miedo que quedó después del terremoto.
Los niños, las niñas, los mayores y las familias todavía viven con preocupación ante las réplicas. Es una experiencia nueva para muchos de ellos y que se suma a otras situaciones difíciles que han tenido que enfrentar como comunidad.
Este territorio ya ha vivido desplazamientos y emergencias. Hace aproximadamente ocho años, sus habitantes fueron reubicados después de una avalancha que dejó cerca de 14 personas fallecidas.
Hoy permanecen en el territorio, acompañándose desde sus saberes, su espiritualidad y su organización.
Seguir cuidando la Madre Tierra
El terremoto deja dolor, pero también una reflexión que nace desde los pueblos: la necesidad de volver a escuchar a la Madre Tierra.
No se trata solamente de reconstruir las viviendas o recuperar los espacios afectados. También se trata de revisar la relación que tenemos con la naturaleza y de entender que el territorio necesita respeto y cuidado.
Desde el Chocó, las comunidades llaman a la unidad y a la solidaridad con todos los pueblos que resultaron afectados. A reconstruir sin olvidar lo vivido y a acompañarse entre territorios.
Porque mientras las comunidades esperan que las ayudas lleguen, también mantienen una certeza: seguir cuidando la tierra, la vida y los territorios es una responsabilidad que no puede esperar.


















