Estábamos sentados en una banca larga de madera, todavía tibia por el sol de la mañana, en una de esas casas grandes donde el ruido no viene de afuera sino de adentro: de las voces que se cruzan, de los pasos, de la respiración cansada de quienes han caminado desde lejos. Alguien sirvió “chirry” en copas, otro acomodó la grabadora sin prenderla todavía y un mayor, sin levantar mucho la voz, dijo algo que nos dejó quietos: “la palabra no se puede correr más rápido afuera que en el territorio”. No lo dijo como regaño, lo dijo como recordatorio. Ahí empezamos a sentir que no veníamos solo a escuchar informes ni a cumplir con una agenda, sino a mirarnos por dentro como proceso, como organización, como pueblo que camina desde hace décadas y que ahora siente el peso de lo andado.
Desde ese momento, la conversación no fue recta: se abrió, se torció, se devolvió. Así es como pensamos la comunicación propia: no como un mensaje que va de arriba hacia abajo, sino como una caminata larga donde, a veces, uno va adelante; a veces se queda atrás; y a veces toca sentarse a esperar a que otros alcancen. Lo que escribimos aquí no nace de una idea clara desde el inicio; nace de esa escena, de ese silencio después de la palabra del mayor, de esa sensación de que hay cosas que necesitamos decirnos sin gritar, sin maquillar, sin escondernos.
Uno de los mayores, José Domingo Caldon, hablaba del cambio climático como quien habla de un pariente enfermo, no desde la estadística sino desde el cuerpo. Decía que eso no está suelto, que se engrana con la forma como se gobierna, con esa democracia que llaman representativa, pero que pocas veces es participativa de verdad. Nos quedamos pensando en eso, porque cuando la decisión se queda lejos, cuando el poder se captura y se aísla del pueblo durante décadas, lo primero que se rompe no es la ley: es la relación con la madre naturaleza.
Lo hemos visto en nuestros territorios, regiones ricas en cultura y biodiversidad, pero tratadas como zonas de sacrificio o como reservas listas para ser explotadas. Y no es solo Colombia. Los mayores lo han dicho: en otros países de América Latina se repite la misma dinámica. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero el poder sigue llegando como algo que se toma, no como algo que se cuida. Muchos años de gobiernos que no transforman de raíz, que no escuchan al pueblo ni conversan con las mujeres, los niños y las minorías.
Cuando el mayor decía que la prioridad no debe ser solo la existencia humana, sino también la de la fauna silvestre, sentíamos que ahí había una enseñanza profunda, porque nuestro gobierno propio no se piensa solo para administrar gente: se piensa para cuidar la vida en todas sus formas. Y eso choca con una lógica externa que mide el desarrollo en cifras, en carreteras, en proyectos rápidos, pero que no mide el daño que queda después.

A veces se nos olvida de dónde venimos. Hubo un tiempo en que la ley nos nombraba como salvajes, en que nuestros territorios eran vistos como facilidades para otros. Hoy somos pueblos originarios, autoridades indígenas con funciones legislativas y jurisdiccionales, con cabildos que pasaron de ser siete a más de 138. Eso no cayó del cielo: se ganó con movilización, con paciencia, con errores, con cárcel y con muertos también.
Los mayores recuerdan cuando no había normas claras, cuando la única ruta era la Ley 89 de 1890. La aprendieron, la usaron, la defendieron, aun cuando muchos no sabían escribir. En ese momento aparece esa potencia indígena de la que habla José Domingo: potencia cultural, económica y organizativa, no para irse del territorio ni para buscar salvación afuera, sino para fortalecer lo propio. Pero también nos dicen algo clave: ahora tenemos que atrevernos a decir qué no nos gusta de nuestros cabildos, de nuestras empresas comunitarias, de la forma como se manejan las transferencias, no para destruir, sino para orientar. Porque si no revisamos lo que hacemos mal, otros lo van a señalar por nosotros, y no siempre con buena intención.
En las palabras del exconsejero Jhoe Sauca apareció una incomodidad que muchos sentimos, pero que no siempre decimos en voz alta: hay quienes sienten que la organización se ha vuelto una institución más, que responde a resultados para el gobierno y no para las comunidades. Otros dicen que nos hemos ido quedando cortos en temas fundamentales como el territorio y la tierra. Y cuando hablamos de corrupción, no hablamos de algo abstracto, hablamos de prácticas que se filtran, de lógicas externas que se nos pegan sin darnos cuenta.
También se habló de los 54 años del CRIC, de cómo ha sobrevivido a punta de gestión, cooperación y proyectos. Se recordó el Decreto 982, la declaratoria de emergencia económica, social, cultural y humanitaria, y cómo tuvo que pasar casi veinte años para que ese instrumento empezara a tener dientes, es decir, recursos económicos fijos. También se pusieron cifras sobre la mesa, no para presumir, sino para aclarar que de los recursos pactados con gobiernos anteriores, solo se ha cumplido una parte, y eso tiene implicaciones reales: sistemas propios que no arrancan, jóvenes que no encuentran espacio, procesos que quedan a medias.
Cuando se habló de la economía propia, la conversación se volvió más áspera, no porque no se entienda, sino porque toca fibras profundas. ¿Cómo hablar de medicamentos propios si ya no tenemos suficientes plantas medicinales? ¿Quién va a producir, quién va a transformar, quién va a administrar? ¿Lo van a hacer los de afuera o los jóvenes desde el territorio?
Ahí aparece una idea que se repite: salud y economía caminan juntas. No se puede pensar una sin la otra, y tampoco se puede pensar una economía que destruya el territorio, porque eso sería traicionar el sentido mismo de la organización. Se habló de inversiones grandes, de casas grandes, de infraestructura, pero también se recordó algo sencillo: no se puede construir una casa en el aire; necesitamos raíces, tierra y orientación clara.
La educación aparece como clave. No una educación para que los jóvenes se vayan y no vuelvan, sino una educación que los enamore del territorio, que les muestre la tierra como oportunidad y no como castigo. Administrar para la vida no es solo manejar plata: es manejar relaciones, tiempo, equilibrio. Y eso no se aprende solo en la universidad; se aprende escuchando a los mayores, equivocándose y volviendo a intentar.

Las palabras de la exconsejera Rosalba Velazco trajeron otra capa a la conversación. Habló de dignidad como algo que todavía está lejos para muchas comunidades. Dijo algo que duele, pero que es necesario: en los territorios pasan cosas que no siempre queremos ver. Beneficios que llegan a los mismos de siempre, tierras recuperadas que no se entregan a quien más lo necesita, violencias que se silencian, especialmente contra las mujeres.
La justicia propia no puede mirar para otro lado cuando se trata de violencia sexual, maltrato o abuso. Eso también es gobierno propio; eso también es político. Y las mujeres lo viven doblemente: como autoridades y como cuidadoras, como lideresas y como madres. La participación del 50/50 no es solo un número, es una transformación profunda que todavía genera miedo y resistencias, incluso entre nosotras mismas.
Se habló también del lenguaje, de cómo nos llamamos menores, mayores, pueblos grandes, pueblos pequeños, y de cómo eso ha ido dañando la relación interna. La comunicación propia no es solo hacia afuera, es hacia adentro: es cómo nos decimos las cosas, cómo nos corregimos, cómo nos acompañamos sin destruirnos.
Al finalizar, no todo quedó resuelto, y está bien que así sea, porque no vinimos a cerrar, vinimos a abrir. Quedan tareas, preguntas, incomodidades. ¿Quién controla a quién? ¿Cómo fiscalizamos sin repetir lógicas externas? ¿Cómo fortalecemos la autonomía sin caer en dependencia? ¿Cómo hacemos para que la palabra no se quede en el papel ni en el acta?
Cuando la asamblea se empezó a levantar, alguien salió a sembrar un árbol en silencio. Nadie lo anunció, simplemente lo hizo. Tal vez ahí está una respuesta pequeña, incompleta, pero honesta. La comunicación propia no siempre se escribe; a veces se siembra. Y uno se va con esa imagen en la cabeza, con la sensación de que el camino sigue, de que la palabra todavía tiene que andar, despacio y al ritmo del territorio.






