La primera vez que sentí que la comunicación no salía de la boca, sino de los pies fue una madrugada fría, sentados alrededor del fogón, mientras el café se pasaba despacio y el humo subía lento. No estábamos grabando nada: no había micrófonos, ni libretas abiertas, ni celulares atentos. Solo estábamos ahí. El abuelo contaba cuentos mirando el fogón; a ratos se quedaba callado, como si estuviera escuchando algo o esperando que alguien más hablara. Yo esperaba un grito o una risa en cualquier momento, una frase para anotar, algo que después pudiera “usar”.

Pero lo que llegó fue otra cosa: una historia que no empezó donde yo pensaba, una memoria que no se dejaba ordenar, una enseñanza que no se ofrecía completa. Cuando terminó, nadie dijo nada. Solo se creció el fogón. Ahí entendí que comunicar no siempre es decir y que muchas veces lo más importante no se puede repetir igual.

Desde entonces camino con esa incomodidad, esa que no deja escribir fácil, que no permite cerrar las ideas rápido, que no se deja transcribir del todo al papel. Comunicar desde el territorio no es trasladar información. Es acompañar procesos, vivenciar la palabra cuando pesa, saber cuándo hablar y cuándo no. Y eso no se aprende en un taller ni en un documento: se aprende caminando, equivocándose, escuchando y volviendo a empezar.

Es cierto que varias veces la gente pregunta por qué no se articula más, por qué siempre llegan personas distintas a preguntar lo mismo, por qué la universidad, las organizaciones y los procesos comunitarios parecen ir cada uno por su lado. La pregunta no es injusta. Duele un poco porque tiene razón, pero también es una pregunta que no se responde solo con voluntad. Articular no es juntar logos ni agendas; articular es reconocer los tiempos del otro, los silencios del otro, los límites de lo que se puede y de lo que no se puede compartir.

En muchos territorios nos han dicho claramente: no todo se cuenta, no todo se escribe, no todo se graba. Y no porque haya miedo, sino porque hay cuidado. La palabra tiene dueño, pero no en un sentido individual, sino colectivo. Hay saberes que caminan con la familia, otros con el fogón, otros con los mayores y mayoras, otros con el territorio mismo. Cuando alguien dice algo, no lo entrega del todo: lo presta. Y quien escucha tiene la responsabilidad de no enredar más la puchicanga.

Por eso, cuando hablamos de comunicación propia, no hablamos solo de radios, cámaras o redes. Hablamos de ética, de responsabilidad, de memoria. Hablamos del valor de la palabra. Si me comprometí a cuidar lo que me fue confiado, tengo que sostenerlo incluso cuando nadie me está mirando, incluso cuando sería más fácil publicar, mostrar, demostrar que “sí estuve ahí”. A veces, el acto más fuerte de comunicación es decidir no compartir.

Eso genera tensiones, porque estamos en un mundo que pide resultados visibles: productos, informes, evidencias. Todo eso existe y no se puede negar, pero el reto está en cómo esos sistemas se adaptan al pensamiento de los pueblos y no al revés. Ese es, quizá, el corazón de lo que se decide cuando se habla de “adecuación institucional”: cómo la institucionalidad aprende a escuchar sin devorar.

He visto estudiantes angustiados porque sienten que no pueden escribir todo lo que vivieron. He visto dinamizadores dudar frente a una grabación porque el mayor habló desde un lugar que no se puede repetir. He visto coordinadores preguntarse hasta dónde llega el alcance de la protección, a quién cubre, cómo se regula. Y no hay respuestas únicas. Hay caminos que se van trazando, mandatos que se recuerdan, acuerdos que se renuevan.

Un día, en una caminata hacia Siete Lagunas, alguien dijo que cuidar la tierra es la primera acción para cuidar la vida y la sabiduría. No lo dijo como consigna; lo dijo casi al pasar, mientras señalaba una zona donde antes había monte y ahora solo queda camino pisoteado. El territorio habla así: no con discursos largos, sino con cambios pequeños que, si uno no está atento, parecen normales.

Cuando se habla de Gobierno Propio, muchas veces se piensa solo en normas, autoridades y procedimientos. Todo eso es importante, pero el Gobierno Propio también está en decidir cómo se camina el territorio, cómo se nombra, cómo se cuida. Está en reconocer las desarmonías y buscar los remedios, no solo desde lo jurídico, sino desde lo espiritual. Hay correcciones que no pasan por sanciones, sino por rituales, por palabra orientadora, por volver al origen.

La comunicación, en ese sentido, no es neutral. Puede ayudar a cuidar o puede romper; puede fortalecer la identidad o puede desgastarla; puede acompañar el retorno de la lengua o puede acelerar su olvido. He escuchado a pueblos hablar del idioma como memoria viva, no como asignatura. Cuando una palabra propia deja de usarse, no solo se pierde un sonido: se pierde una forma de mirar y de percibir el mundo.

Por eso, cuando alguien graba un ritual, cuando escribe sobre una práctica espiritual, cuando convierte en “contenido” una vivencia profunda, hay que detenerse y preguntarse desde dónde se hace, para quién, con qué permiso, con qué cuidado. No todo lo que se puede hacer se debe hacer, y no todo lo que se hace con buena intención hace bien.

El territorio no es solo tierra: es la gente misma. Tiene memoria, tiene heridas, tiene fuerza y también se cansa. A veces siento que nos observa cuando hablamos mucho de él y lo escuchamos poco. Comunicar desde el territorio implica aceptar que no somos el centro, que somos parte de algo más grande y que nuestra palabra debe aprender a ubicarse.

Por otro lado, cabe reconocer que la universidad es un espacio extraño y necesario a la vez. Extraño porque reúne pensamientos distintos, espiritualidades diversas, historias que no siempre dialogan fácil. Necesario porque también es un lugar donde se pueden cuidar procesos, sistematizar memorias y fortalecer caminos. El problema no es la universidad en sí, sino cómo se posiciona frente a los saberes que llegan a ella.

He participado en reuniones donde se habla de protocolos, de criterios, de licencias, de derechos de autor. Todo eso es importante, pero siempre me queda la sensación de que el cuidado no puede reducirse a un documento. Hay normas externas, sentencias, resoluciones que respaldan procesos, y eso da fuerza política. Pero el cuidado profundo se juega en lo cotidiano: en cómo se recibe una memoria, en cómo se presta un libro, en cómo se archiva un audio, en cómo se decide quién puede acceder a qué.

Hay sistemas dentro de la universidad que han avanzado mucho en esto: centros de documentación que piensan la gestión desde el respeto, radios que caminan con licencias, pero también con principios comunitarios, procesos formativos que exigen aval de la comunidad antes de usar la información. Todo eso suma, pero también hay vacíos. Normativas que aún no existen, saberes que no encajan en las categorías establecidas, creaciones que quedan por fuera de los listados porque no se parecen a nada conocido.

Las metodologías propias, por ejemplo, esas formas de enseñanza que nacen del territorio, de la práctica, de la observación, plantean preguntas difíciles. ¿Cómo se cuidan? ¿Cómo se reconocen sin encerrarlas? Lo mismo pasa con los tejidos, las composiciones artísticas, los audiovisuales. No son solo productos: son procesos vivos y, como tales, requieren otro tipo de atención.

Aprender sin apropiarse es un desafío constante, sobre todo para quienes vienen de procesos formativos donde el conocimiento se mide, se acumula y se publica. Aquí el conocimiento se comparte para fortalecer la vida, no para acumular créditos. Eso implica desaprender mucho. Implica aceptar que hay cosas que no voy a entender del todo, que no me corresponden, que no son para este momento.

Seguir caminando, aunque no tengamos todo claro

Necesitamos ordenar lo que se mueve mientras caminamos, porque la comunicación propia no es un campo resuelto: es un proceso en tensión permanente. Hay días en que siento que avanzamos y otros en que parece que repetimos lo mismo, y está bien decirlo. He aprendido que la claridad no siempre llega al inicio; a veces llega después, cuando uno ya se equivocó, cuando pidió perdón, cuando volvió a escuchar.

He aprendido que liderar no es hablar más fuerte, sino sostener el cuidado incluso cuando cansa. He aprendido que el cuerpo también comunica: cuando da señales, cuando se enferma, cuando se agota, cuando se niega a seguir cierto ritmo. La espiritualidad no es un tema aparte; atraviesa todo. Está en cómo se inicia una reunión, en cómo se cierra una caminata, en cómo se pide permiso. Está en reconocer que no estamos solos, que hay fuerzas que no vemos, pero que sienten cuando la palabra se usa mal. 

Por eso, antes de escribir, a veces hay que guardar silencio; antes de grabar, hay que preguntar; antes de compartir, hay que volver donde los mayores que nos dieron esa primera enseñanza.

Plantilla infografía-3

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