Íbamos bajando por el camino de tierra, después de la reunión larga, de esas que cansan más la cabeza que el cuerpo. El sol ya no pegaba duro y el viento traía ese olor a monte húmedo que a uno le acomoda el pensamiento. Caminábamos varios, sin apuro, como cuando ya no hay que correrle a nada. Fue ahí, entre el silencio y el paso lento, que uno de los mayores dijo algo bajito, casi como hablándose a sí mismo: “Eso de salvaguardar… mmm… a mí no me suena. La palabra no se guarda, la palabra se cuida caminándola”.
Nadie respondió de una. A veces la palabra del mayor cae así, sin buscar aplauso, sin buscar debate inmediato; se queda flotando. Yo la recogí como pude, la guardé —o más bien la dejé caminar por dentro— y desde entonces no me ha soltado.
Porque eso es lo que nos viene pasando como organización, como pueblos, como procesos: estamos tratando de nombrar algo que no entra fácil en las palabras que nos prestaron desde afuera: salvaguarda, propiedad intelectual, patrimonio, protección industrial. Nadie se sentó un día a decir: “hagamos una política de salvaguarda”. Eso empezó porque empezaron a llegar más y más personas a los territorios a preguntar, a grabar, a escribir, a tomar fotos, a pedir entrevistas.
Universidades, instituciones, ONG, estudiantes con tesis, investigadores con proyectos bien formulados llegaban con buena palabra, a veces con buena intención, otras veces no tanto. Pero casi siempre se iban con algo, y ese algo salía del territorio, se iba lejos y regresaba convertido en libro, en artículo, en informe, en patente, en marca; con nombre propio, con logos, con derechos reservados. Y ahí fue cuando empezó la incomodidad.

Las comunidades empezaron a preguntar:
¿Y eso que contamos, de quién es ahora? ¿Del mayor que habló? ¿Del territorio que sostuvo esa palabra? ¿O del que escribió el documento?
No es que antes no pasara; pasaba. Pero ahora pasa más rápido, más visible, más descarado a veces. Y también ahora tenemos más jóvenes estudiando, más comunicadores, más procesos propios que investigan. Ya no es solo el de afuera el que investiga, también somos nosotros mismos, y ahí la pregunta se vuelve más dura todavía.
En más de una comunidad escuché lo mismo: “mejor no contar”. Y eso duele, porque nuestra palabra nació para compartirse, para circular, para enseñarse. Pero también entendemos el miedo: el miedo a que lo nuestro termine sirviendo para enriquecer a otros, mientras acá seguimos luchando por lo básico. En una minga alguien lo dijo sin pelos en la lengua: “ya nos cansamos de que nos estudien”. Y no era rechazo al conocimiento, era cansancio del despojo.
Cabe resaltar que en la organización ya veníamos caminando cosas: en comunicaciones, con los programas radiales, videos y notas escritas; en educación, con el PEBI, con los CRISSAC, con los procesos de investigación propia. Ahí se ha avanzado bastante. Ya no se investiga solo para cumplir un requisito; se investiga para fortalecer el plan de vida, la lengua, la historia.
Pero cuando esos trabajos salen del territorio y entran al mundo académico, aparece el choque, porque el derecho ordinario no entiende lo colectivo como lo entendemos nosotros. Necesita nombres propios, autores definidos, dueños claros.
Ahí fue cuando empezamos a hablar, tímidamente al principio, de cuidado de saberes y conocimientos. No como un concepto bonito, sino como una necesidad y también como un problema grande, porque no sabíamos por dónde empezar. No había una ruta clara, no había un documento que dijera: paso uno, paso dos. Y tal vez eso es lo mejor que nos pudo pasar, porque nos obligó a escuchar.
En las primeras conversas con los mayores y mayoras, nosotros llegamos hablando de investigación, de documentos, de universidades. Los mayores nos escucharon con paciencia. Después, uno de ellos dijo: “Ustedes están mirando solo un camino. Hay dos”.
El primero es el camino hacia adentro. Conocer cómo cuidamos lo nuestro sin escribirlo. Cómo protegemos la sabiduría viviéndola. Cómo se enseña en la casa, en la tulpa, en el trau, en el tul, en el recorrido por la montaña. Cómo se cuida la laguna sin nombrarla patrimonio. Cómo se respeta el páramo sin hacerle inventario.
Ese camino no pasa por la oficina ni por el archivo; pasa por el cuerpo, por la práctica, por la espiritualidad. Ahí el conocimiento no se separa del territorio y nadie pregunta de quién es la palabra, porque la palabra es de todos y de nadie al mismo tiempo.
El segundo camino es hacia afuera. Y ese sí nos cuesta más, porque es el camino donde hay contratos, leyes, decretos, derechos de autor, patentes, marcas, universidades, Estado. Es el camino donde, si no ponemos reglas, otros las ponen por nosotros. Ahí los mayores fueron claros: “no todo se puede contar, no todo se puede escribir, no todo se puede compartir”. Pero tampoco dijeron “no se comparte nada”. Dijeron: “hay que saber qué, cómo, con quién y para qué”.
En Tierradentro, un mayor lo dijo con rabia tranquila: “¿por qué nos llaman centro arqueológico?, ¿acaso somos huecos?”. Esa frase retumbó fuerte, porque ahí se ve claro cómo el lenguaje de afuera nos pone en el pasado, nos congela, nos vuelve objeto de estudio, y nosotros no estamos enterrados: estamos vivos.
Cuando nos dicen patrimonio arqueológico, están diciendo que eso ya no nos pertenece del todo; que ahora es del Estado, que ahora se cuida desde una oficina, que ahora se regula desde un código. Y ahí la palabra duele, porque no nombra lo que somos. Por eso los mayores insistieron tanto en conceptualizar desde la lengua propia. No es un capricho, es una necesidad política, espiritual y comunicativa. Nombrar desde lo nuestro cambia el camino.

Desde comunicación también nos hemos tenido que mirar hacia adentro, porque no basta con decir que somos comunicadores indígenas. Debemos reconocer que las fotos, audios, video y textos que producimos también son conocimiento; también pueden ser usados sin permiso; también pueden circular sin contexto. La tecnología nos ayuda, sí, pero también nos expone. Y ahí no sirve el miedo, pero tampoco la ingenuidad. No se trata de esconderlo todo; se trata de decidir colectivamente.
Por otra parte, es necesario mencionar que a veces los sistemas no se encuentran, a veces cada uno avanza por su lado: educación por un lado, salud por otro, comunicaciones por otro, economías propias por otro. Las comunidades nos han dicho claro: “no nos vengan con el mismo tema cinco veces”, y tienen razón. Por eso la idea de construir una ruta común es una necesidad política. Un documento base que no sea una camisa de fuerza, sino una orientación.
Desde el Sistema Indígena de Salud Propia Intercultural (SISPI) se ha avanzado en el reconocimiento de la sabiduría ancestral. Ya no solo se la considera como un complemento, sino como un pilar. Que los sabedores no son invitados ocasionales, son orientadores. Por esta razón, se dio la creación del Consejo de Sabedores Ancestrales, el cual nació de caminar los territorios, de sentarse en las casas, de escuchar cómo quieren ser cuidados y cómo quieren ser reconocidos.
Tristemente, hay mayores que no quieren que su palabra quede escrita, y hay que respetarlo. Pero también hay procesos que sienten la urgencia de dejar memoria, porque los mayores se están yendo, porque la violencia arrasa, porque el olvido también mata. Ahí no hay una regla única; hay decisiones situadas. Por eso una política de cuidado no puede ser un manual cerrado: tiene que ser una conversación permanente.
Es por eso que cada vez que en las mingas alguien hablaba desde su lengua, la conversa cambiaba. Las palabras no entraban en cajones fáciles. Había silencios, había risas, había discusión. Pero ahí se sentía algo distinto: la palabra no venía traducida; venía viva. Y eso nos mostró que muchas de las confusiones vienen de pensar todo en castellano, de usar palabras que no nos pertenecen del todo.
Sin embargo, no basta con criticar; hay que conocer cómo piensa el mundo de afuera, qué dice la ley, qué permiten los tratados, qué vacíos existen. No para someternos, sino para movernos con cuidado. A veces usar el derecho ordinario a favor. A veces decir no. Eso también es política.

No tenemos todo resuelto, no lo vamos a tener pronto, y tal vez eso está bien. Lo importante es no dejar de conversar, no dejar que otros nombren por nosotros, no dejar que la prisa nos haga traicionar el cuidado. A veces pienso en esa frase del mayor, la del camino: la palabra no se guarda. Y me imagino la palabra caminando por el territorio, cruzando ríos, entrando en casas, saliendo en forma de canto, de consejo, de silencio. Y me pregunto, sin responderme del todo:
¿estamos caminando la palabra… o estamos tratando de encerrarla?
La pregunta queda ahí, como cuando se termina la reunión y nadie se para de inmediato, como cuando el fogón se está apagando, pero todavía calienta.






