Hay preguntas que nacen del dolor, pero también de la claridad política, una de ellas nos atraviesa hoy como un rayo: ¿en qué país viven quienes creen que pueden seguir matando Guardias, líderes, comuneros y Autoridades Indígenas como si la vida fuera descartable?

Mientras Colombia con tropiezos, con contradicciones, con marchas y contramarchas despierta a la posibilidad de otro rumbo histórico, estos grupos armados que se autodenominan “revolucionarios” parecen vivir anclados en un país que ya no existe; o, tal vez, en uno que nunca entendieron.

La violencia con la que actúan, sus comunicados adulterados de ideología, sus amenazas a la Guardia Indígena, sus justificaciones cínicas y su arrogancia armada no tienen nada de transformación social, se ubican, sin vergüenza, en el mismo lugar de quienes históricamente han exterminado pueblos, culturas y procesos políticos en Colombia.
Su lógica es la misma que la de los verdugos de siempre.

¿Cómo se diferencia la estructura Dagoberto Ramos de aquellas élites que justificaron asesinatos, desapariciones, bombardeos y exterminios contra partidos políticos enteros?
No se diferencian.
Se parecen demasiado.
Casi idénticos en su modo de exterminar la vida.

Tanto la extrema derecha que persiguió al Movimiento Indígena y popular durante décadas, como estas disidencias que hoy se dicen “herederas” de una revolución, comparten la misma respuesta al llamado de paz del país: GUERRA TOTAL.
Una guerra alimentada por codicia, economías ilegales, control territorial y un negocio que para ellos es rentable mientras para nosotros es muerte.

Los extremos radicales, dice la sabiduría mayor, se juntan siempre en el punto donde manda la ambición y desaparece la conciencia, y hoy eso se evidencia con toda crudeza:
los grupos armados al margen de la ley y los sectores violentos del poder legalizado comparten el mismo desprecio por la vida indígena.

La guerra ya no viene solo de afuera: también la incuban dentro del Territorio

Muchos mayores lo han dicho con valentía:
esta violencia también nace desde adentro, desde quienes por necesidad, dinero o decisión se vinculan a economías ilícitas y abren la puerta a la presencia armada.

Los Pueblos Originarios somos culturas de vida, no de muerte, pero hoy enfrentamos un espejo doloroso: “O nos matamos o nos formamos para la vida”, recordó un mayor.
Y hoy, más que nunca, debemos decidirnos por la segunda opción.

No es normal que cada semana enterremos compañeros: esto es un etnocidio anunciado

El asesinato del Guardia Indígena Eduardo Campo es un síntoma de algo más grande y más brutal, es parte de un proceso sostenido de exterminio étnico contra el Pueblo Nasa y contra el Movimiento Indígena del Cauca.

No es un error.
No es una coincidencia.
Es un mensaje.
Y por eso la respuesta no puede ser ingenua.

Como dicen los mayores:
si caminamos solos, nos cazan.
Si caminamos en montonera, nos respetan.

La Guardia Indígena no puede moverse dispersa, ni dividida, ni aislada, la fuerza está en la unidad territorial, en la articulación, en los mandatos, en las mingas, en la palabra colectiva que se respalda con cuerpos y caminos.

¿Movilizarnos hacia afuera o hacia adentro? Los mayores ya respondieron

Muchos territorios señalan algo clave:
la movilización debe ser hacia adentro, porque el problema está dentro del Territorio, no fuera.

La guerra no se resuelve en Bogotá ni en las capitales, la guerra nos la están imponiendo aquí, en los caminos, en las veredas, en los resguardos, en los puntos de control donde la Guardia protege la vida mientras los grupos armados protegen sus negocios.

Por eso las mayoras recuerdan la movilización del 2004, cuando miles de mujeres caminaron la palabra dentro del Territorio. Tal vez sea tiempo de retomarla.

Los Pueblos Indígenas no podemos quedarnos callados

Hay miedo, tal vez.
Hay rabia, si.
Pero lo que no puede haber es silencio.
Porque el silencio es el terreno donde crece la muerte.

Nuestra organización CRIC no es una oficina: somos todos.
Y hoy, más que nunca, las Autoridades necesitan que el Territorio les respalde, que las comunidades no se dividan, que los rumores no se vuelvan venenos y que la fuerza colectiva prevalezca sobre el miedo individual.

La Guardia Indígena no es el enemigo: es el último muro de contención que protege la vida

Quienes hoy atacan a la Guardia deben saberlo:
no están golpeando a una persona, están golpeando a un pueblo entero.

Y no lograrán debilitarnos.
No lo lograron antes.
No lo lograrán ahora.

Porque la Guardia Indígena no es armada, pero es histórica.
No dispara, pero protege.
No amenaza, pero resiste.
No mata, pero salva.

Y eso precisamente eso es lo que les estorba.

“No podemos permitir que la muerte se vuelva costumbre.
No podemos permitir que los grupos armados definan el destino de nuestros Pueblos.
No podemos permitir que la guerra nos robe lo que somos.”

El llamado es claro:
•⁠ ⁠A las Autoridades: orientar con firmeza, sin miedo.
•⁠ ⁠A la Guardia: no caminar sola.
•⁠ ⁠A las comunidades: cerrar filas, cuidar la palabra, sostener la unidad.
•⁠ ⁠A los actores armados: ¡salgan de nuestros territorios ya!
•⁠ ⁠Al Estado: actuar, no prometer.
•⁠ ⁠A la sociedad colombiana: entender que lo que pasa en el Cauca es un termómetro de la democracia del país.

Porque la vida indígena sí importa.

Porque sin territorios vivos no hay nación posible.
Porque somos pueblos de paz, no de guerra.

Por: Mayores y Mayoras Preocupados por la Situación Territorial.

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