En su último año de gobierno, el presidente Gustavo Petro visitó el norte del Cauca. Donde en sus manos levantó una libra de arroz, un paquete sencillo, blanco, con la marca Kwe’sx, que significa “nuestro” en lengua Nasa. “Este es el verdadero ejemplo de empresa comunitaria”, como si aquel paquete de arroz llevara el peso de la historia. Para muchos en la plaza, ese gesto fue apenas una anécdota. Para los comuneros, en cambio, fue el reconocimiento de medio siglo de lucha, de desalojos violentos, de muertos en las carreteras, de hambre y de sueños sembrados en la tierra.
Porque en López Adentro, antes que arroz y proyectos comunitarios, hubo sangre. Antes de hablar de economía propia, fue necesario recuperar la tierra. José Miguel Niquinás lo recuerda con claridad. Él es indígena ampiulle de Ambaló y en 1986 dejó el centro del Cauca para sumarse a las recuperaciones en Caloto, de la mano del Consejo Regional Indígena del Cauca, CRIC. Su memoria carga con las imágenes de las primeras ocupaciones: los campamentos improvisados en las haciendas, las noches en vela cuidando la entrada para que no llegara la tropa, los niños durmiendo bajo plásticos, el miedo de que en cualquier momento apareciera la fuerza pública. “Primero fue El Guabito, a finales de los setenta. Después Vista Hermosa y El Pílamo en 1985. Pero lo más duro fue López Adentro. Quitarle tierra al ingenio era como arrancarle un pedazo al diablo”, dice, con la voz entrecortada por los años.

En 1989 la represión fue brutal. Los desalojos no eran simples operativos: eran embestidas armadas, con disparos al aire y al suelo, sin importar si enfrente había mujeres embarazadas o niños pequeños. José Miguel recuerda la impotencia, el humo de los gases, las carreras hacia los cañaduzales. “Creyeron que nos íbamos a asustar, que íbamos a irnos. Pero aquí nadie retrocedió”, agrega. Y luego viene el silencio: ese que siempre antecede al recuerdo doloroso. Habla de la masacre de Palermo, cuando asesinaron a tres compañeros. Sus nombres se pronuncian bajito, como un rezo: hombres que entregaron la vida por la tierra que hoy otros cultivan.
El camino hacia la titulación del resguardo fue largo y desgarrador. Después de la masacre del Nilo en 1991, que dejó veinte comuneros muertos en Santander de Quilichao, el país entendió que los indígenas del Cauca no iban a rendirse. Hubo huelgas de hambre, como la que emprendió el senador indígena Anatolio Quirá, y movilizaciones multitudinarias que atravesaron carreteras y plazas. La presión se volvió insoportable para el Estado, y en 1996, mediante la Resolución 034, se constituyó oficialmente el Resguardo Indígena Páez de López Adentro. Legalmente, al fin, el territorio recuperado pertenecía a quienes lo habían defendido con su vida. Ese papel fue, en apariencia, el final de la lucha. En realidad, era apenas el comienzo.
Porque la tierra sola no bastaba. Había que darle sentido, había que poblarla de proyectos, de educación, de salud, de comunidad viva. El CRIC envió equipos de trabajo para acompañar el proceso. Llegó Graciela Bolaños, que con paciencia de maestra tejía alfabetización y memoria. Llegó Inocencio Ramos con el programa de educación, que no solo enseñaba letras, sino que reavivaba la lengua nasa yuwe. Se sumaron programas de salud, capacitaciones con Jorge Caballero, las orientaciones de Marcos Avirama y Carlos Aníbal González, y todo el Comité Ejecutivo de entonces, que veía en López Adentro un laboratorio vivo de organización. La consigna era clara: había que sostener el territorio con una economía propia, porque sin ella, las recuperaciones corrían el riesgo de volverse un espejismo.
El punto de partida no fue improvisado. Desde el Quinto Congreso del CRIC se había incluido en la Plataforma de Lucha el compromiso de fortalecer las organizaciones económicas comunitarias. Ese fue el germen de lo que años más tarde florecería en López Adentro. El Octavo Congreso profundizó la idea con el punto 9: defensa, manejo y protección de los recursos naturales. Se entendía que no podía haber economía sin armonía con la madre tierra. Y en el Noveno Congreso, en Corinto, se advirtió que hasta ese momento los esfuerzos económicos habían sido más políticos que productivos. Había que asegurar la comida.

Por eso, desde sus primeros congresos, el CRIC puso la economía en el centro del debate. Se hablaba ya de diagnósticos zonales, de planes de vida ajustados a cada pueblo, de la necesidad de que los cabildos lideraran y fiscalizaran el área económica. Era la semilla de un proyecto que, años después, florecería en experiencias como Kwe’sx Arroz.
El Programa Económico del CRIC retomó entonces la comercialización a través de una Central Cooperativa, que permitió recuperar los circuitos de mercadeo indígena y revalorizar la producción propia. No se trataba solo de vender, sino de reconfigurar la manera de relacionarse con el mercado, sin abandonar la esencia comunitaria. Se incluyeron actividades diversas: desde la agricultura y la ganadería hasta las artesanías y la minería, siempre con la pregunta de fondo: ¿cómo producir sin destruir?, ¿cómo crecer sin romper el vínculo con la madre tierra?
Las respuestas llegaron de las prácticas mismas de las comunidades. La reciprocidad y la solidaridad visibles en las mingas, en el cambio de mano, en el trabajo colectivo, se volvieron principios rectores. Esa lógica de apoyo mutuo, tan distinta a la competencia individualista, permitió formular un proyecto propio de economía. Los objetivos fueron claros: organización de cabildos que lideraran los procesos, especialización en mercadeo y consumo, elaboración de diagnósticos y planes de desarrollo, compromiso del gobierno con el financiamiento, diseño de proyectos de transformación, conservación y diversificación. Y, sobre todo, mantener vivas las formas propias: la solidaridad y la reciprocidad como ejes de un modelo económico con rostro humano.
En López Adentro, todo esto se fue encarnando lentamente. No fue fácil convencer a todos de que el territorio recuperado debía sostenerse con producción comunitaria y no con parcelas aisladas. Hubo debates, errores y aprendizajes. Pero el arroz Kwe’sx, el café propio, las huertas comunitarias, las mingas de siembra y recolección fueron mostrando que sí era posible. Que lo que alguna vez fue tierra de haciendas y cañaduzales podía transformarse en un resguardo vivo, productivo y, sobre todo, digno.

Hoy, cuando un paquete de arroz Kwe’sx llega a la mesa de una familia indígena, campesina o urbana, no se trata solo de alimento. Es la memoria de quienes resistieron desalojos con los pies descalzos sobre el barro, de quienes enfrentaron fusiles con bastones de mando, de quienes sembraron la tierra mientras otros les querían arrebatar la esperanza. Cada grano guarda el eco de las voces que en asamblea dijeron “no nos vamos de aquí”, y el murmullo de las mingas que, machete en mano, abrieron surcos donde antes había cañaduzales para la industria.
López Adentro ya no es solo el nombre de un resguardo en el norte del Cauca. Es una palabra que condensa sacrificio y dignidad, que recuerda que los pueblos originarios no se limitaron a pedir tierra: la recuperaron, la defendieron y la volvieron semilla de futuro. Allí, donde un día la policía disparó contra mujeres embarazadas y niños indefensos, hoy florecen proyectos comunitarios que enseñan que otra economía es posible: una que se sostiene en la solidaridad, en el cambio de mano, en la reciprocidad, en el respeto profundo por la madre tierra.
Los cabildos, que antes se reunían para resistir, hoy se organizan también para planear mercados, para cuidar el agua, para garantizar que las nuevas generaciones puedan seguir viviendo en equilibrio. Y mientras el Estado, a pesar de los avances de este gobierno, siga mirando con indiferencia o con sospecha, las comunidades avanzan a su propio ritmo, construyendo futuro desde el maíz, el arroz, la caña panelera, las artesanías y el trabajo colectivo.
José Miguel Niquinás, que un día llegó desde Ambaló a estas tierras, dice que lo que más le llena de orgullo no es haber estado en las recuperaciones, ni haber resistido los desalojos, sino ver a los jóvenes del resguardo hablando en nasa yuwe, liderando empresas comunitarias, sembrando sin miedo, soñando sin pedir permiso. “La tierra nos devolvió la vida”, dice con una sonrisa cansada, “y ahora nos toca cuidarla para los que vienen detrás”.
En el fondo, ese es el mensaje que López Adentro le ofrece al país: que el desarrollo no tiene que nacer del despojo, que la riqueza no se mide solo en caña, carne o leche, que la economía puede florecer desde la dignidad, la solidaridad y el respeto a la naturaleza. Que allí donde la violencia intentó imponer el olvido, la comunidad sembró memoria y futuro.

Y quizás por eso, cuando Gustavo Petro levantó aquella libra de arroz en medio de la plaza, muchos comuneros no lo vieron como un gesto político, sino como un reconocimiento histórico: la confirmación de que las semillas sembradas en dolor, resistencia y esperanza habían dado fruto. López Adentro, más que un resguardo, es hoy la prueba viva de que los pueblos pueden escribir su propia historia, con las manos llenas de tierra, con la palabra en asamblea y con el corazón sembrado de dignidad.
Por: Memoria y Patrimonio del Programa de Comunicaciones CRIC.






