Desde las primeras luces del día, cuando el sol apenas asoma entre las montañas, la cocina se convierte en el corazón de nuestra lucha. Es aquí, entre el humo de las ollas y el calor del fogón, donde se teje una parte esencial del movimiento indígena caucano, un espacio de resistencia y unidad.
«He estado presente en muchos congresos, paros y, especialmente, en las mingas de exigencia de derechos. Siempre me ha tocado estar aquí, en la cocina, alimentando a nuestra gente. A veces me pregunto si alcanzamos a atender a todos como se merecen, pero sé que nuestro esfuerzo es un granito de arena en esta inmensa lucha. Hoy, una vez más, estamos aquí, firmes y presentes». Menciona Rosa Ramos
Hoy hemos preparado nuestros platos típicos, esos que llevan el sabor de nuestra tierra. Una sopa de maíz, pringa pata, y un mote que, aunque todavía no hemos podido hacer completo, lleva en su esencia la fuerza de nuestras tradiciones. Cuando los ingredientes faltan, no nos desanimamos; preparamos sancocho, sopa de pastas, lo que haya disponible. Nos levantamos a las tres de la mañana y no paramos hasta las diez de la noche, cuando el trabajo finalmente termina, solo para volver a comenzar al día siguiente.
Es gracias a las mamas y hombres de los diferentes cabildos, que este esfuerzo en la cocina es posible. Aquí estamos, como cocinas generales, preparándonos para lo que venga. Sabemos que cada plato de comida es un acto de amor y resistencia, un alimento para el cuerpo y el espíritu de quienes luchan por nuestros derechos.
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En medio de la esperanza y la incertidumbre, recordamos las palabras del presidente Petro cuando apoyamos durante su campaña. No hemos perdido la fe; estamos aquí, apoyando esta causa, porque sabemos que la lucha continúa. Si él estuviera presente hoy, le entregaría este tarro de carne y el fondo de sopa que hemos preparado, como símbolo de nuestro compromiso y resistencia.
Aquí, desde la cocina, seguimos adelante, porque nuestra lucha no se detiene. Porque el territorio, la vida y la paz son derechos por los que vale la pena luchar, cada día, desde el primer amanecer hasta que la última olla se enfría al final de la jornada.
Rosa Ramos
Por programa de comunicaciones CRIC y la Red AMCIC.







