La memoria del indio no se borra

Rafael, un nativo nasa del norte del Cauca acude hasta el cementerio del Nilo, Resguardo de Huellas en el municipio de Caloto y contempla con tristeza la cruz en la que está plasmado el nombre de su hermano con la fatídica fecha del 16 de diciembre de 1991. Le hace limpieza al túmulo donde fue sembrado como una de las 20 semillas que abonaron la madre naturaleza en este proceso del cumplimiento del mandato del Consejo Regional Indígena del Cauca de Recuperar las Tierras de los resguardos. Su mirada deja evidente el dolor que le causa llegar a este lugar pero hace todo el esfuerzo por evitar que sus lágrimas broten porque seguramente en su pensamiento debe estar la frase que «a los muertos no se lloran, se les levantan sus banderas».

Esta escena se ha repetido muchísimas veces no solo por Rafael sino por todas las familias y comuneros que hoy ocupan la Hacienda el Nilo sintiendo que la masacre ocurrida hoy hace 31 años no fue en vano y que gracias a quienes ofrendaron su vida muchos comuneros pueden disfrutar de un terreno para poder vivir. Estas personas aún recuerdan las voces recias de hombres que fuertemente armados les ordenaron tenderse en el piso para luego uno a uno recibir disparos con armas automáticas y hasta rematarlos con armas cortopunzantes como quedó registrado en un trabajo audiovisual denominado Crónica de una masacre anunciada que en su momento elaboró el Programa de Comunicaciones del CRIC.Rafael por su parte agradece a los espíritus mayores que en esa noche le ayudaron para salir corriendo de la escena de los hechos y llegar hasta un lugar seguro y entregar la información de lo que allí había ocurrido. Es el único sobreviviente de este crimen que se salvó por no atender esa orden de tenderse para ser asesinado y que ahora puede seguir contando la triste historia en la que resultaron comprometidos grupos paramilitares, grandes propietarios de la región, políticos y unidades de la fuerza pública que veían en los indígenas sus enemigos para el fortalecimiento del narcotráfico, para sus corredores de comercialización y para sus intereses del monocultivo de la caña de azúcar.

Han pasado ya 31 años, las amenazas continuaron, querían asesinar a los niños envenenando el agua, pretendían acabar cualquier vestigio de indio interesado en llegar a la parte plana del norte del Cauca pero la fuerza comunitaria logró que justo mientras que se velaban los muertos se adelantaran una reunión con presencia del gobierno nacional para la búsqueda de soluciones al problema de carencia de tierras. Vendrían luego las negociaciones de la tierra bañada con sangre para ser entregadas a las familias sobrevivientes y con ello el juicio al Estado Colombiano que fue condenado como responsable del hecho por un tribunal del orden internacional. Pero, la memoria del indio se mantiene y esa lección que dejaron este grupo de 20 indígenas entre hombres, mujeres y niños fue aprendida en todo el territorio y por esta razón mantienen firme el principio de la Liberación de la Madre Tierra como único mecanismo para garantizar la pervivencia de los pueblos originarios.En desarrollo de la investigación para el esclarecimiento de la masacre cometida a pocos meses de la promulgación de una nueva Constitución Nacional se comprobó la participación activa de la Policía Nacional y se condenó a dos generales que en ese entonces orientaban a sus hombres desde Santander de Quilichao, el mayordomo del predio e integrantes de los nacientes grupos paramilitares pero hasta el momento esa justicia que cojea aun no llega para ponerle el peso de la ley a propietarios y políticos que participaron en la reunión en la que se planeó la masacre. Ese sigue siendo el eslabón perdido de la cadena de masacres, amenazas y asesinatos selectivos que desde esos tiempos se han venido registrando en la región, razón por la que se sigue clamando justicia.

Hoy, lo mismo que ha ocurrido en los 30 años anteriores, las comunidades indígenas se vuelven a reunir en el escenario de esa matanza para rendir tributo de admiración y respeto a quienes ofrendaron su vida por el derecho a la tierra y para decirle a toda la sociedad colombiana e internacional que la lucha iniciada en 1971 se mantiene vigente porque ni el tiempo puede borrar la triste historia.

Por: Programa de Comunicaciones-CRIC.

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