Lo más importante no es la cámara, ni el micrófono, ni siquiera el video que después circula. Lo más importante es si la palabra que decimos sigue siendo palabra de territorio, si todavía camina con la base y no se queda sola en una pantalla, si cuando hablamos no estamos dejando atrás a la comunidad, a los mayores, a la guardia, a la tulpa o al fogón encendido. Porque cuando la palabra se despega del territorio empieza a perder fuerza, y ahí es donde más daño hace.
Hablamos desde ahí, desde esa preocupación que no es nueva, pero que ahora se siente más pesada. Hablamos porque no venimos solos, porque nadie camina la comunicación propia en soledad. Venimos de un proceso organizativo, de una escucha larga, de muchas idas y vueltas por el territorio, de muchas veces equivocarnos y de otras tantas volver a empezar. Como dirían los mayores, “la palabra no se corre, se amarra al corazón”, y eso es lo que sentimos que está en juego cuando conversamos sobre comunicación, autoridad y defensa de la vida.
Antes de que alguien prendiera la cámara, la palabra ya estaba ahí. Ya estaba el sonido del territorio, la conversación madrugadora en la cocina, el saludo largo, la señal que manda el chiguaco cuando algo no anda bien. Eso lo recordamos al escuchar a los compañeros y compañeras abrir el espacio del III Festival Indígena y cuando Albeiro menciona que es necesario que las autoridades acompañen estos escenarios, no solo para estar, sino para orientar, para escuchar, para motivar a los jóvenes a seguir narrando desde nuestras propias narrativas.
Ahí entendimos que este festival no empezó el día que se inauguró; empezó mucho antes. Empieza cuando una comunicadora decide acompañar un proceso sin grabar nada, cuando un guardia hace su recorrido sin que nadie lo vea, cuando una autoridad se sienta a escuchar a la comunidad sin afán. Como dirían los mayores, “primero se escucha, después se habla”, y esa lógica muchas veces se nos enreda cuando entran las herramientas tecnológicas.

La cámara llega después, el video llega después, el festival llega después, pero la palabra ya viene caminando. Y si no sabemos de dónde viene, qué dolores carga, qué esperanzas trae, entonces lo que grabamos se queda vacío: bonito tal vez, pero sin raíz. Por eso, cuando hablamos de comunicación propia, no estamos hablando solo de medios apropiados, sino de una forma de estar en el territorio, de una manera de relacionarnos con la gente.
Escuchar a nuestro compañero Abner presentarse desde la Guardia Indígena y el proceso de comunicación nos recordó que no son caminos separados, que la comunicación se teje entre proceso, guardia y comunidad, que no se aprende en un solo lugar, sino en el cruce de muchas responsabilidades y tensiones. Ahí se va formando una mirada que no es neutral, que toma posición y que defiende la vida.
Escuchar a Flavia —o “Fabi”, como de cariño la conocemos— agradecer el acompañamiento de las autoridades, pero también señalar que ese acompañamiento debe ser constante, nos puso frente a una verdad incómoda. No basta con estar en los eventos; hay que caminar los procesos, conocer lo que se hace, orientar cuando hay dudas, corregir cuando hace falta y también dejarse orientar. Porque la comunicación propia no es un servicio, es parte del Gobierno Propio.
Ahí se cruza una tensión fuerte. Muchas veces se espera que el comunicador solo difunda, solo registre, solo muestre, y no que piense, no que cuestione, no que proponga. Pero como se dijo en el conversatorio, los comunicadores somos parte de la construcción política, no estamos al margen. Y eso incomoda, porque obliga a abrir espacios de discusión real.
Dicen los mayores: “la palabra que no incomoda no enseña”. Tal vez por eso cuesta sostener estos diálogos, porque obligan a revisar prácticas, a preguntarnos si estamos usando la comunicación para fortalecer la organización o solo para cumplir una tarea, si estamos formando criterio o solo llenando plataformas. No se trata de poner a competir a la autoridad con el comunicador, sino de reconocer que ambos tienen responsabilidades distintas, pero complementarias: sin orientación política, la comunicación se dispersa; sin comunicación, la orientación política no llega a la base y se queda en el papel o en el discurso.

Una de las ideas que más resonó fue la insistencia en que la comunicación propia no se reduce a la denuncia, aunque la denuncia sea necesaria, urgente y a veces vital. La compañera Mabel lo decía con claridad: no solo es visibilizar las agresiones, es acompañar, es mostrar las alternativas de vida que se tejen en el territorio, es transmitir también lo que sí está funcionando, lo que resiste y lo que cuida.
Eso no es fácil, porque el contexto empuja a reaccionar, a responder rápido, a mostrar lo más duro, lo más impactante. Ahí entramos en una lógica que no siempre es la nuestra: la lógica de la primicia, del impacto, del consumo rápido. Una lógica que hace que la comunicación propia corra el riesgo de parecerse demasiado a la comunicación de mercado.
Cuando se hablaba de la emisora comunitaria como el primer medio al que acuden las autoridades para alertar, orientar y cuidar la vida, entendimos la dimensión de la responsabilidad. Lo que se dice ahí no es cualquier cosa: llega a la cocina, al campo, al fogón, entra a la rutina diaria. Por eso no puede ser palabra liviana.
Los mayores dicen: “la palabra también hiere”. Eso nos obliga a preguntarnos cómo estamos cuidando lo que transmitimos, si estamos ayudando a concientizar o si estamos sembrando miedo, si estamos fortaleciendo el respaldo colectivo o exponiendo a quienes están en primera línea: guardias, autoridades, comuneros. Comunicación propia también es saber callar, saber esperar, saber conversar sin grabar, saber escuchar en el fogón, en la tulpa, en familia, con la naturaleza. No toda conversa tiene que quedar registrada, no todo tiene que circular; hay palabras que son semilla y necesitan silencio para crecer.
Cuando se habló de la Guardia Indígena, la palabra se cargó de emoción, de orgullo, pero también de preguntas duras. Fabi lo dijo sin rodeos: la guardia no es un símbolo bonito para mostrar, es un ejercicio complejo, riesgoso y profundamente humano, con cansancio, con miedo, con familias detrás, con niños y niñas que crecen viendo ese compromiso.
La pregunta que llegó desde el público sobre la romantización de la guardia nos obligó a mirarnos al espejo. ¿Cuántas veces hemos buscado la imagen fuerte —el chaleco, el bastón, la formación— sin mostrar la cotidianidad, el desgaste, la precariedad, sin mostrar que muchas veces la guardia trabaja con las uñas, sin reconocimiento económico y con riesgos constantes?
“No todo lo que brilla es oro”, y en ese sentido la comunicación tiene una tarea ética enorme: no convertir la defensa de la vida en espectáculo, no usar la imagen de la guardia para likes o aplausos, no exponer lo que debe cuidarse. Mabel hablaba de acompañar, no de imponer la cámara; de coordinar con la guardia, de respetar límites, de entender que hay momentos que no se graban y escenas que no se muestran. Eso no es censura, es cuidado, es reciprocidad, es comunicación con corazón.
Abner ampliaba la reflexión hablando de romantizar y folclorizar, dos trampas frecuentes: mostrar al mayor hablando en lengua solo por lo bonito, sin contexto, sin contenido, sin profundidad. Eso nos dejó pensando, porque a veces confundimos visibilizar con simplificar, y ahí se pierde el sentido político de la palabra. La guardia no necesita ser idealizada; necesita ser acompañada, respaldada y cuidada. Y ahí la comunicación puede ser aliada o puede ser riesgo, dependiendo de cómo se ejerza.

Aparte de eso, hay una verdad que incomoda: podemos aprender a usar cámaras, a editar, a manejar redes, pero si no sabemos leer el contexto, si no entendemos el proyecto político del movimiento indígena, si no sabemos por qué defendemos el territorio, entonces lo que comunicamos puede ir en contra de lo que decimos defender. La formación política no es solo para comunicadores; es para autoridades, para guardia, para comunidad, para familias. “El camino se aprende andando”, y esa formación no se da solo en salones; se da en asambleas, en recorridos, en momentos difíciles, en errores y en autocríticas.
También, hablar de comunicación en contextos de conflicto no es un ejercicio teórico, es una realidad diaria. Escuchar a Abner contar el trayecto llegando con un cadáver a medicina legal nos aterrizó de golpe: esto no es discurso, es vida, es riesgo, es dolor. En esos contextos, la comunicación no puede ser individual ni improvisada. Tiene que ser articulada con autoridades, con guardia y con comunidad; tiene que tener estrategias de cuidado y mecanismos colectivos. Porque el riesgo no lo asume solo quien graba o escribe, lo asume todo el proceso.
Hacer comunicación propia en medio del conflicto es una decisión política. Implica asumir riesgos, pero también implica responsabilidad, estrategia y paciencia. No es dejar de comunicar, es comunicar con más cuidado, con más reflexión y con más colectivo.
La conversación no termina aquí. Sigue en los pasillos, en los territorios, en las emisoras, en las tulpas, en los fogones, en los recorridos de la guardia. Sigue en las preguntas que no alcanzamos a responder.
Nos quedamos con imágenes: la de la comunidad levantándose y prendiendo el radio; la de un comunicador dudando antes de publicar; la de una autoridad escuchando más de lo que habla; la de una guardia regresando cansada pero firme; la de un mayor diciendo en voz baja: “cuiden la palabra”. Tal vez eso es lo que nos toca seguir haciendo: cuidar la palabra para que no se nos pierda en el camino, para que siga siendo semilla, para que siga caminando con quien la necesita.






