El líder indígena que se siente prisionero en su tierra

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    Desde que es gobernador del resguardo de Belalcázar, Cauca, Ermes Pete recibe llamadas amenazantes.

    Por: Guillermo Reinoso Rodríguez
    18 de abril 2018 , 04:54 a.m.

    “Ermes Pete se nos escapó, pero de la siguiente no se salva”. Esta es la amenaza que recibió el líder indígena Ermes Evelio Pete en un planfleto estando aún convaleciente, a la espera de que sanaran las heridas que le dejó un atentado contra su vida.

    Era la 1:30 de la madrugada del 13 de octubre del 2017 y el líder nasa se disponía a viajar a Popayán para reclamar el chaleco y el celular que la Unidad Nacional de Protección (UNP) le ofreció días antes para su seguridad. Este padre de tres niños salió en moto de su casa a encontrarse con los dos guardias que, armados con bastón, lo acompañan desde que empezaron las amenazas.

    Y, aunque le dispararon en ocho ocasiones, solo recibió un impacto en el hombro. Se salvó, explica mientras camina por el mismo sitio de atentado, porque su motocicleta se resbaló –bajaba por un cerro– y él rodó hasta un pastizal.

    En medio de los disparos aparecieron sus dos ángeles de la guarda, y los sicarios lograron ocultarse en la oscura manigua. Tras ese hecho le llevaron hasta el pueblo el chaleco y el celular –que no funciona muy bien en esa zona montañosa–, y la Fiscalía abrió una investigación por lesiones personales.

    “Estoy prisionero en mi propia tierra. Ya no puedo salir ni a las veredas, y si lo hago, tengo que alertar a las comunidades”, dice el líder de 35 años de edad, para quien el día comienza después de las siete de la mañana y se acaba a las cinco de la tarde, cuando por seguridad debe guardarse en su casa.

    Estoy prisionero en mi propia tierra. Ya no puedo salir ni a las veredas, y si lo hago, tengo que alertar a las comunidades.

    Ermes es líder del resguardo de Belalcázar, uno de los tres que hay en el municipio de Páez, al sur del nevado del Huila, que en los días soleados suele asomarse por encima de las montañas, y que dista unas tres horas por trocha de Río Chiquito, el antiguo enclave de las Farc.

    A esta región no se podía ingresar más allá del pequeño casco urbano llamado igual que el resguardo y que se encuentra a 482 kilómetros de Bogotá, a costa de ser sentenciado a muerte como colaborador del Ejército, como les sucedió, según los pobladores, a varios turistas. Hoy, con unas Farc desarmadas, la situación no es muy diferente, el conflicto solo cambió de actores.

    Si bien ya no se oyen las explosiones de tatucos ni los disparos de fusil desde las montañas que rodean al pueblo –ocurrían al menos tres hostigamientos por semana–, de los cuales aún quedan las huellas en las paredes de algunas viviendas, siguen las extorsiones, las amenazas y los grafitis, aunque ya no de la desaparecida guerrilla de Manuel Marulanda, sino de los nuevos grupos que rondan esta zona del Cauca, un departamento en donde se han presentado 21 asesinatos de líderes en este 2018, según el exconsejero del Cric José Hildo Pete Vivas.

    “Le hemos reclamado al Gobierno porque no hay garantía a la vida. La vida es una sola, no es que uno tenga dos o tres más de repuesto”, dice este comunero que también es víctima de amenazas.

    Y es que son tantos los conflictos y actores que hay en Páez que nadie sabe con certeza qué es lo que le genera riesgo a su líder. Por un lado, hay una vieja disputa de tierras que se recrudeció en los últimos dos años. Comuneros reclaman un territorio en donde se encuentran unas minas de sal abandonadas. Por otro lado, los pequeños cultivos de coca persisten, aunque viene ganando espacio el café. En 2016 se estimaban 1.700 hectáreas de cafetales. Además, la región tiene un importante potencial aurífero.

    A este panorama se suma el hecho de que ese territorio se convirtió en un corredor de tráfico de cocaína y marihuana desde el norte del Cauca hacia La Plata y Neiva, en el Huila, y Bogotá.

    Le hemos reclamado al Gobierno porque no hay garantía a la vida. La vida es una sola, no es que uno tenga dos o tres más de repuesto.

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    El indígena que se siente prisionero en su tierra.

    Foto: César Melgarejo / EL TIEMPO

    Desde primaria es líder

    Ermes nació en el sector de Belén, en el resguardo de Chinas, y empezó a ir a la escuela a pesar de la oposición de su padre, un nasa que cultivaba café y fríjol y tenía algunas vacas. Pero en las aulas pronto empezaron a develarse sus cualidades de líder. En cuarto de primaria fue elegido personero estudiantil y en quinto, gobernador.

    Su apoyo siempre ha sido su madre. Ella es quien le inculcó el amor por el estudio y le buscó una beca para que se fuera a Villavicencio a estudiar teología, no obstante que su sueño era ser abogado. Cinco años después, Ermes regresó a Belalcázar y casi de inmediato le ofrecieron un puesto en la oficina de Asuntos Indígenas de la Alcaldía de Páez. Desde allí empezó a trabajar en programas de organización comunitaria y de emprendimiento, una labor que alternó con cursos de sistemas y de caligrafía del nasa yuwe, la lengua de su etnia.

    Desde finales del 2015, durante una asamblea del resguardo, lo designaron gobernador, y un año después fue reelegido.

    “Uno no se hace líder porque quiere, sino porque la comunidad lo delega”, señala Ermes, quien como líder tuvo que tomar decisiones que terminaron por “incomodar” a mucha gente, al tiempo que empezó a tener visibilidad en el departamento y a nivel nacional.

    Los panfletos y llamadas

    No llevaba tres meses de su primer periodo como gobernador cuando recibió la primera advertencia. En un panfleto le exigían dejar las acciones de control que venía realizando la guardia. Pero, con el tiempo, esos mensajes se volvieron frecuentes, llegaban cada dos o tres meses, y a medida que salía uno nuevo iba aumentando la amenaza. La mayoría son de las ‘Águilas Negras’.
    Pero no solo son las bandas criminales las que pueden estar generando zozobra. Desde octubre del 2016 aparecieron los panfletos y grafitis del Eln y luego, en julio de 2017, los del Epl, y, últimamente, los del sexto frente de las Farc, que estaría reorganizándose desde Río Chiquito y en marzo pasado ordenó restricciones a la movilidad. Poco antes, la guardia había interceptado un volante en el que, con nombres propios, citaba a varios comerciantes.
    “En las condiciones actuales, por la presencia de diferentes actores, Ermes está expuesto a que el riesgo se materialice”, asegura el personero de Páez, Ovéimar Muñoz, quien se declara preocupado porque el conflicto está escalando.

    De hecho, a finales de marzo del año pasado, de los volantes se pasó a movimientos de personas extrañas en el entorno donde él se mueve. Era un domingo y el líder había decidido quedarse en casa para ir a la playa del río Páez a jugar fútbol con sus hijos. Por eso no salió con el tradicional capisario de los nasa, sino con la sudadera del resguardo, y pasó –cuenta– muy cerca de los hombres motorizados que lo esperaban, pero no lo reconocieron. Él se enteró de esos seguimientos porque un miembro de la comunidad activó la alerta; sin embargo, los hombres lograron huir.

    Nuestra resistencia es civil. Ya nos sacaron de los valles y ahora que estamos en las montañas no vamos a permitir que también nos expulsen

    “Nuestra resistencia es civil. Ya nos sacaron de los valles y ahora que estamos en las montañas no vamos a permitir que también nos expulsen”, dice, refiriéndose a que durante la Conquista sus ancestros se vieron forzados a abandonar de sus territorios.

    Pero tal vez lo que más preocupa a este indígena que espera graduarse en ciencias religiosas son las llamadas. En mayo del 2017, recuerda, un miembro del Eln lo recriminó por teléfono por un presunto apoyo de las comunidades al Ejército y lo citó a un punto entre Inza y Páez para “ajustar cuentas”.

    “Les dije que no había ningún acuerdo y que esa era una información infundada”, narra el líder, quien asegura que seguirá en su resistencia “hasta que se apague la luz del sol”.

    En presencia de varios miembros de la guardia que escuchaban su relato y preocupaciones, recuerda que desde hace dos años, por diferencias con la comunidad, se retiraron las tropas establecidas en el cerro El Limón, desde donde se puede tener control visual del valle en donde está la población de Belalcázar.

    “Ellos cavaron trincheras y túneles en una zona sagrada, y luego empezaron a exigir que debíamos pedir permiso para transitar”. El asunto finalmente se resolvió, cuenta, en una tensa reunión con el entonces comandante de la base militar.

    La última advertencia llegó hace apenas un mes, por medio de una llamada al actual gobernador del resguardo, el profesor Álvaro Vargas, a quien le dijeron: “No se meta de sapo a proteger a ningún h. p.”. Vargas interpreta que se referían a su antecesor, a quien le ha venido brindando seguridad.

    Yo puedo morir hoy, pero mañana estará otro defendiendo nuestro territorio

    “Uno sabe que sale de la casa, pero no cómo va a allegar; el peligro es latente”, dice Julio Andrés Valencia, hijo de un indígena paez y una paisa que estuvo en Bogotá trabajando en una panadería y como obrero de construcción, pero volvió al pueblo para convertirse en la sombra de su líder.

    Ermes Pete no puede ocultar su preocupación por las amenazas, pero dice confiar en que los espíritus de la madre naturaleza lo protegerán ante la “complicada” situación que está viviendo y sentencia: “Yo puedo morir hoy, pero mañana estará otro defendiendo nuestro territorio”.

    GUILLERMO REINOSO RODRÍGUEZ

    Editor de EL TIEMPO
    guirei@eltiempo.com

    Fuente: eltiempo

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